11.2.10
27.11.07
Nunca es tarde.
Llegó a las cinco y nueve, tenía turno y diez, tocó el portero, 11 B (de bueno) y del otro lado –Sí, ¿quién es? – con indiscutible voz de psicólogo. Acto seguido el ritual de siempre: tocar el timbre del encargado para que le abriera la puerta del edificio (CERRAR CON LLAVE LAS 24 HORAS), saludar agachando sutilmente la cabeza –Buenas tardes – y agradecer repitiendo el movimiento –Muchas gracias – Después botón llamando al ascensor, abrir y cerrar dos puertas plegables, botón para subir al once, una mirada rápida al espejo, las dos puertas otra vez, botón rojo para la luz del pasillo, otro botón para el timbre, puerta que se abre, apretón de manos sometido a instrumentos de medición y una vez ocupados los lugares estaban listos para empezar.
Creo que la primera vez fue el lunes, tenía que juntarme a las once de la mañana con un amigo por un trabajo que estamos haciendo juntos. Me desperté tarde, no escatimé tiempo en la ducha, centrifugué y colgué la ropa, desayuné tranquilo y fui caminando. Llegué a las once en punto. A la noche había quedado en ir a la casa de una amiga, le dije diez y media sabiendo que iba a llegar más tarde. Estuve un largo rato eligiendo y retocando fotos para subirlas al blog, cuando miré la hora era tardísimo, igual perdí algo de tiempo en perfume, desodorante y arreglos de último momento (la chica me encanta). Y media en punto estaba en su casa con dos películas en la mano y una sonrisa compradora.
El martes entregué un trabajo a tiempo, dije entre las cinco y las seis, me lo tomé con exagerada calma pero cinco y media lo estaba enviando (me pagaron bastante bien). A la nochecita iba al cine con Leo (mi mejor amigo). Pese a mis mayores esfuerzos llegué perfecto para la función, hasta tuvimos tiempo de comprar pochoclos. Leo aprovechó mi puntualidad para recordarme que siempre lo hago esperar y que soy un desconsiderado. Los pochoclos estaban medio húmedos, igual los monopolicé para molestar a Leo, la película era buena.
El miércoles no tenía nada planeado para la mañana así que dormí largo y tendido, me despertó el teléfono al mediodía –Le informamos que su cuenta registra una deuda pendiente por pesos ciento sesenta – era una máquina con voz de mujer para informarme que iban cortar el teléfono. Me había quedado sin efectivo y no podía sacar más plata con la tarjeta, necesitaba estar en el banco antes de las tres. Pedí una milanesa con puré –Sí, y mandame una coca de seiscientos también, Vuelta de Obligado 2442, sexto ce (de casa), con veinte pesos, muchas gracias –. El puré estaba rico, es raro que el puré de delivery sea rico, la milanesa estaba más o menos. Después de comer armé un porro y lo fumé perdido en Youtube. Cuando me quise dar cuenta eran más de las tres, chau banco, chau teléfono. Estuve cinco minutos más tirado hasta que mi letargo se interrumpió de un salto, agarré los anteojos negros, la billetera y llegué al banco dos y media.
Cuando salí del banco abandoné la negación y empecé a sentir algo demasiado parecido a la locura y entré en pánico. Compré el primer reloj que se me cruzó, un despertador rojo bastante grande que vendían en la calle, y llamé a Gaby, un amigo que trabaja cerca de casa –Tres y media te paso a visitar, no, no pasa nada, tres y media estoy ahí, beso –. Puse el despertador a las tres treinta y entré en un acuario. Miré los peces, el reloj, las tortugas (re lindas), el reloj, burbujas, el reloj (faltaba un minuto), las ranas tropicales, el reloj y, para mi horror, cuando volví a levantar la cabeza ahí estaba Gaby, sentado detrás del mostrador y rodeado de parlantes y equipos hi-fi.
–Hola Gaby -.
–Hola meeen, ¿estás bien? -.
–Sí… Estoy bien.
–¿Seguro? ¿Qué hacés con ese despertador?
–Nada.
Pi pi pi pi, pi pi pi pi, pi pi pi pi. Me fui sin más explicaciones, tiré el despertador en el primer tacho de basura y paré en un kiosco a comprar agua, me estaba ahogando. La quiosquera se dio cuenta de que algo pasaba –¿Te sentís bien lindo?–. Pensé en pedirle ayuda pero mentí: –Sí, todo bien, gracias, ¿tenés pajitas?–. El agua me devolvió un poco de realidad: dos palomas, caca de perro, cordones de vereda, árboles, baldosas, agua podrida, adoquines, la puerta de mi edificio, llaves, ascensor, dos Valium y a la cama.
Esa noche tuve un sueño maravilloso, viajaba en tren con una mujer a la que amaba profundamente, ella se recostada en mis piernas, yo le acariciaba la cabeza y miraba por la ventaba. Era una mañana hermosa.
El jueves me desperté a las siete sintiéndome feliz, hacía meses que no vivía la mañana. Salí a comprar naranjas para hacer jugo, mermelada, manteca, queso blanco y pan “tipo casero”. Fue uno de los mejores desayunos de mi vida, sin conversaciones internas, sólo el mundo en la ventana. A las diez empecé a llamar por teléfono. Arreglé con mi hermana para ir a almorzar, todavía me sorprende que chicas de doce años tengan celular. Hablé con Cami (mi mejor amiga) para juntarnos a la tardecita a tomar unos mates. No lo encontré a mi viejo pero le dejé un mensaje cariñoso proponiéndole un asado para el domingo. Saludé a mis ex compañeros de trabajo y les prometí que pasaba un rato a visitarlos. Y por último llamé a mi amiga (la chica que me encanta) y la invité a cenar. Ella iba a cocinar, yo compraba el vino.
Llegué en punto a todas las citas, la pasé bien, me reí. Tuve una charla increíble con mi hermana, es una de las personas más sensibles e inteligentes que conozco. Después me junté con Camila, sacamos unas fotos buenísimas y recordamos por qué somos mejores amigos. Pasé a saludar a mis ex compañeros y conseguí un trabajito interesante. A la noche comí rico, tomé un vino genial y vivimos un paréntesis de ternura con la chica que me encanta. Ella se durmió apoyada en mi pecho (tiene carita de nena) y yo le acaricié el pelo hasta que me perdí en mi sueño.
Alguna ventanilla del tren estaba abierta y le daba permiso al viento, la mujer que amaba seguía acostada en mis piernas, le volaban los pelos y la pollera, se descubrían las piernas, juveniles, dispuestas. La marcha fue aminorando, llegábamos a algún lado. La desperté de a poquito, con ternura, le di un beso en la frente, estaba un poco traspirada y algunos pelos se le pegaban en los cachetes, era hermosa.
–¿Llegamos? – me preguntó en un ronroneo – y le dije que sí, en secreto. El tren se convirtió en a una estación terminal majestuosa, ramas de acero crecían para formar una cúpula brillante, un cielo de vidrio.
Hoy me desperté feliz, hacía mucho que no dormía tan bien acompañado. Fui a comprar medialunas y batí dos cafés con leche, quedaron ricos, espumosos. Mi amiga, sin darse cuenta de su belleza, robaba pequeños sorbos de la taza y miraba las medialunas con cara de dormida. Nos hicimos algunos mimos más y se fue contenta y apurada, llegaba tarde al trabajo. Yo me quedé lavando los platos de la noche anterior y me perdí en la ventana. Lenta pero exponencialmente la felicidad fue mutando en una aprensión devastadora. Los chicos correteando entre los timbres del recreo, las palomas caminando por los cables, las antenas de televisión interminables, los tanques de agua, las exactas hojas de los árboles.
Entendí la gravedad de perder la posibilidad de elegir. Empecé a considerarme víctima de una maldición irónica y malévola. Me suprimieron la libertad de llegar tarde, de faltar. Estaba condenado a cumplir sin resistencia. ¿Vale la pena vivir así? Salté por la ventana en mis ideas y fui devorado por un vértigo oscuro e infinito. Lo sentí tan real que se hizo físico y mis piernas se evaporaron en un pantano. Quería salir, romper el tiempo, pero era tarde, caí al piso y el universo se convirtió en péndulo. El miedo me intoxicó ahogándome en mi propio susto. Primero se encendió el silencio y después se apagó la luz en un último destello de calma fetal.
La cúpula partía el sol en millones de reflejos y los desparramaba por toda la estación. Había olor a biscochuelo recién sacado del horno y café de máquina. Los sonidos pedían permiso, eran amables.
–¿Qué es este lugar? – me preguntó mientras se apoyaba contra mi brazo.
–Es donde siempre quise estar – le respondí al oído –.
–¿Es otro mundo?
–No sé, vamos a ver.
Sonreía chiquito conteniendo los labios, yo los tenía bien estudiados. Me miraba de reojo con complicidad y apretaba mi mano en las suyas, gorditas y traviesas. Era más encantadora que nunca. Salimos de la estación bailando, corriendo, jugando. Nos encontramos con un bosque añejado de árboles de fábula y edificios orgánicos. Paramos en una fuente a descansar, estábamos agitados, ella se mojó la cara en el agua fresca y yo le acomodé el pelo con un gesto mínimo que fue transformándose en caricia y abrazo.
Mi departamento tiene piso de pequeñas maderas encastradas, pero muchas están sueltas. Cuando me incorporé tenía dos maderitas pegoteadas con baba al cachete. Las sombras de dos colegialas a cuadros caminaban por la muralla de ladrillos del colegio, algunas palomas cruzaron volando entre sol de la tarde y los edificios, eran las cinco menos cuarto.
Tenía turno con vos a las cinco y diez, salí tranquilo y vine caminando, quince cuadras, un poco más de un minuto por cuadra. Doblé la última esquina justo a tiempo. Tengo cachetes grandes y cuando sonrío fuerte aparecen unas rayitas que me rodean el ojo, son rayitas de felicidad. Cinco y nueve toqué el portero con la alegría de haber elegido llegar temprano.
El psicólogo accionó su sillón mecánico y en un movimiento pasó de la posición de atención a la de relajado –¿Nos vemos el viernes que viene seis y diez?– preguntó afirmando con voz profesional y concluyó en una mueca de triunfo. Apretón de manos, botón para llamar el ascensor, botón para bajar (PB), buscar al portero para que abra la puerta (CERRAR CON LLAVE LAS 24 HORAS) y saludar agachando la cabeza –Buenas tardes –.
A lo lejos había motores, pasajeros, taxímetros corriendo, máquinas expendedoras, semáforos con tipitos titilando, bocas de tormenta sedientas, sendas peatonales despeinadas, carteles que venden Shampoo para el verano, una mujer de lindas piernas, un nene inspeccionando su zapatilla, dos viejas charlando. Su propio mundo, sus propios detalles.
Dibujo por: K2man.
16.11.07
Palomas y adoquines.
Otro cigarrillo más. Le dolía la garganta hacía más de un mes, del lado izquierdo. Además hacía varios días que venía sintiendo la lengua abultada y una incomodidad que se esparcía por toda la cara. La sombra de una paloma lo atravesó de lado a lado y vio una señal: era el momento para dejar de fumar. Tomó el cigarrillo entre el dedo mayor y el pulgar y a modo de catapulta lo mandó a volar.
En la mesa de al lado había dos señoras hablando. Una abrazaba un perro chiquito con moño celeste y la otra tenía un tic insoportable en la boca, cada cinco segundos apretaba los labios en un intento arrugado de beso. La del perro llevaba un saco de piel, o imitación piel, color negro. La del tic estaba teñida a medias de rubio amarillento.
_ ¿Dónde vas a parar? – preguntó la del tic - ¿En lo de tu mamá?
_ No sabemos todavía – respondió la del perro (acariciando el perro).
_ Pero se van otra vez a Miramar, ¿no?
_ Sí, vamos a pasar las fiestas allá.
Claro que iban a ir a Miramar y a la casa de su mamá, es lo mismo que hacen todos los años, tantos años que ya es impensable dejar de hacerlo. La mujer del tic lo sabía perfectamente y preguntaba solamente para dañar. Lo hacía por envidia, nada más. Ella no iba a Miramar, ella no iba a ningún lado. Ella no tenía saco de piel (o imitación piel). Ella tenía un tic.
Estaba fresco para sentarse afuera, pero ahí se podía fumar. Había elegido la mesa con más sol, hasta miró al cielo y calculó el movimiento de este a oeste para encontrar el mejor lugar. Terminó el café con leche con medialunas y encendió inmediatamente otro cigarrillo. ¿Qué sería ese dolor persistente en la garganta? ¿Se le había hecho tan rápido un cáncer?
Las señoras terminaron sus cafés y llamaban insistentemente a la moza - ¡Señorita! ¡Señorita! – La del perro calmaba al bicho que ladraba, descontrolado, a un contingente canino arrastrado por un paseador. La otra envidiaba que su amiga le invite el café, envidiaba el perro, envidiaba la frondosa billetera con la que hizo el gesto de “yo pago”.
El también pidió la cuenta, la moza pasó con billetes en la mano e hizo un ademán de ya vuelvo. Estaba vestida con un delantal con el nombre del lugar bordado en el pecho. Se nota cuando alguien no está feliz, y esta chica no estaba feliz. Era una de esas personas a las que no se les adivina la edad, da lo mismo que sean jóvenes o viejas.
En la esquina de enfrente se paró una señora alta y gorda. Vestía una pollera negra hasta el piso y saco color rojo. Buscaba algo en la cartera, un encendedor. Ni bien lo encontró encendió gustosa el cigarrillo que esperaba entre sus labios. Pitó y quedó envuelta durante segundos en una nube que se llevó el viento.
Algunas palomas picoteaban entre los adoquines, como la calle es cortada las palomas corren menos riesgos, entonces la esquina se llena de picoteos despreocupados. De vez en cuando pasa un auto y todas van a parar a un árbol. Es plena primavera y los palomos andan de plumas hinchadas persiguiendo a sus novias, pero para ser primavera hace frío.
Todos los días se sentaba en ese barcito a leer, a mirar, a pensar, a fumar. ¿Hasta donde puede llegar su cabeza? ¿Por qué le da tanto miedo? ¿Por qué la tiene que frenar? ¿Qué es la inteligencia? ¿Por qué la inteligencia se parece tanto a la locura? ¿Por qué le da vértigo?
Un hombre dobló la esquina a pasos largos. A veces la oscuridad que acarrean las personas es algo viscoso que da asco en la parte superior de las fosas nasales. Y si se los tiene demasiado cerca hasta se puede sufrir de un pequeño cosquilleo en la punta de la nariz, como si estuviéramos borrachos.
El sol tomó un giro no calculado y empezó a hacer frío de verdad. Además ahora había un poco más de viento. Es raro el aire, toda esa sopa de moléculas libradas a las temperaturas. La pasta suave en la que vivimos y hacemos vibrar tirando una infinita combinación de cuerdas para volver a pedir: ¡La cuenta!
La chica volvió con un pequeño papel insertado en un clavo de metal que a su vez estaba soldado a una base brillante (el típico cosito donde empalan los tickets). ¿Alguna vez fueron atravesados por un metal? La sangre tibia en las manos, el pánico, la desesperación, el dolor, la aceptación, el frío, las cosas para decir, las ideas, el amor, los recuerdos.
¿Cómo dolerá un cáncer? ¿Será posible no culparse? Quizás si no hubiera fumando, si no hubiera tomado esas drogas, si hubiese usado protector solar, si no me hubiera sacado esas radiografías, si no hubiese comprado esa estufa con PCB, si los productos de China tuvieran mejores controles, si me hubiese ido a vivir al campo.
¿Y el SIDA? Si hubiese usado forro, si no me hubiese metido con esa mina, si no fuera tan tonto, si no la hubiese cogido, si me hubiese querido más a mi mismo. Sumémosle a esto que le pasaste la enfermedad a otra persona y multipliquémoslo imaginando que esa persona es el ser amado. ¿Se puede vivir con esas ideas?
La palomas seguían picoteando la coyuntura de los adoquines hasta que pasó una moto y las asustó. ¿Es cierto que los adoquines los hacían los presos? ¿Habrá adoquines hechos por un joven inocente que murió injustamente en la cárcel? ¿Cuál será? ¿Se verán distintos? ¿Se puede ver en el adoquín si el que lo picó era culpable o inocente? ¿Cómo pica adoquines un asesino?
La moza volvió con el vuelto en la mano y dejó la plata arriba de la mesa (un billete sostenido por una moneda). El Agarró el vuelto, dejó la moneda de propina y se levantó entumecido de la silla. Ya no calentaba el sol, la tierra había girado, y su mente se fue por una galaxia inundada con naves del hiperespacio tripuladas por robots y humanos.
¿Cómo se da cuenta uno cuando la vida se le está yendo a la mierda? ¿Se siente? ¿Qué pasa si hay un agujero negro imaginario que nos absorbe hace años y ahora lo sentimos más cerca que nunca? ¿Se puede salir si el agujero está tan cerca que ya no es imaginario?
Prendió el último cigarrillo del paquete y sintió una vez más que ese cigarrillo iba a ser realmente el último. – No fumo más – pensó – y no voy más a ese barcito, me tiene cansado. – Metió la mano libre en el bolsillo y se fue a pasos largos en dirección incierta.
6.4.07
Mi mamá y la dueña del local.
- Soñar no cuesta nada – dijo la dueña del local que con cada palabra expulsaba humo en rectángulos perfectos y dejaba ver algo inusual en su paladar. Me miró un rato largo, parecía que iba a decir algo más, pero calló.
- Estoy esperando a mi mamá – le dije mientras me daba la espalda. Se dio vuelta tres pasos más tarde, no me miró a los ojos, enfocó algo cerca del techo y permaneció así, rígida, casi un minuto. Cuando empecé a tener miedo retomó la marcha y desapareció en una puerta diagonal.
- ¡No va a venir, no va a venir! – me repetía una y otra vez a mi mismo. Poco a poco fui perdiendo el entusiasmo, había pasado tanto tiempo que ya nada era real. Los cuadros perdían sistemáticamente sus colores y mis fuerzas se diluían con la gravedad.
- ¿Querés algo más? – me gritó la dueña del local a unos centímetros, apareció como si nunca se hubiera ido. Traté de explicarle que no había pedido nada, que estaba esperando a mi mamá. Me miró con desconfianza y dejó un papel en el borde la mesa. Acomodó con dos movimientos rápidos el delantal blanco que llevaba muy suelto y dejó ver, por un instante, que era linda.
- ¿Qué es esto? – pregunté mientras leía el papel. Imaginé una declaración de amor, una fantasía sexual, pero sólo era la cuenta: quince con cincuenta (un café con leche, dos medialunas y un tostado). Rompí el papel en todos los pedazos que pude y se los tiré en la cara.
- ¡No me vas a decir nada más! – grité con la poca energía que me quedaba, y me hice escuchar. La cara le tembló en un gesto ridículo y lloró con esos inmensos ojos casi verdes. Primero fue una lágrima insípida, después se desató el vendaval. Ahí entendí que hay lágrimas que son de verdad.
- ¿Qué querés que haga? – gimió arrancándose el delantal. – Soñar no cuesta nada – repitió, pero yo sabía que eso no era cierto. Soñar cuesta más que ninguna otra cosa en el mundo cuando uno no se atreve soñar. Soñar es imposible cuanto el deseo es miedo.
- ¿Vos estaba esperando a tu mamá? – murmuró mientras se sacaba la remera. Tenía dos tetas tremendas, la derecha más grande que la izquierda. Con otro movimiento calculado hizo desaparecer el corpiño. Nunca en mi vida tuve tantas ganas de chupar. Los pezones apuntaban directamente a mis ojos y ella se permitió tocarlos para mí.
- ¡Yo estoy esperando a mi mamá! – intenté explicarle, pero ya la tenía entre mis labios y ella se retorcía por dentro. Estaba todo dicho, jugábamos de mano y era mágico. Mi cuerpo la quiso completamente desnuda y cuando encontré el botón justo, desaté a la mujer del pecado.
- ¿Qué estás haciendo?- juzgó mi mamá. Llegó en el momento exacto. La miré de reojo mientras recorría con mi lengua la boca de la dueña. En ese paladar había algo raro, parecía una herramienta de castración siniestramente diseñada. Me alejé a los empujones de esa mujer. ¿Cómo había podido dejarme engañar?
- No te preocupes – dijo mamá. – Mirá: te traje un chocolate y un librito de dibujos.- Sacó un paquete chato de una bolsa llena de revistas de los Testigos de Jehová y malos recuerdos. Rompió apresurada el papel y me mostró un cuadro mal pintado. Éramos mi abuela y yo sentados frente a la iglesia de Luján. Las pinceladas eran toscas y la perspectiva estaba mal, pero en mi retrato se descubría que yo no podía escapar.
- ¡Soñar no cuesta nada!- gritó ahora con todo el cuerpo la dueña del local. – Metemelá, tontito, que ya no puedo esperar. ¡Te quiero adentro mío ya! ¡Dejá de pensar!- Y le hice caso. Agarré toda mi calentura adolescente olvidada y la dejé ser. Le hice el amor como en mis fantasías de felicidad. La mordí, la marqué para que no dude quién soy cuando me dejo llevar.
- Mamá, así soy yo – intenté explicarle, pero ya se había ido. Estaba muerta y yo lo sabía, era hora de despertar. Me despedí con un beso tierno de la dueña del local, busqué otra vez el aparato en su boca, no lo encontré. Había vivido equivocado, el amor no es peligroso si se siente real. Sostuve esos ojos casi verdes con una promesa: iba a volver sin que me importe nada más.
13.2.07
La reunión de los martes.
La reunión secreta era todos los martes a las once de la noche. Cada semana se hacía más complicado pasar inadvertidos con tantos controles. Antes se juntaban tranquilos y pasaban tardes planeando. Pero el miedo a ser descubiertos los había llevado a organizar complicadas y cortas reuniones en horarios y lugares supuestamente seguros. Cuando más peligroso y más destructivas eran las consecuencias, más se veían arrastrados por la adrenalina.
13.6.06
La razones de las semillas.

Juan caminaba los dos kilómetros que separaban su casa del pueblo con la pesada parte de un motor en brazos. Demasiado grotesca para ser llevada por un chico de quince años. Lo hacía con gran esfuerzo y traspiraba mucho. De tanto en tanto descansaba el pedazo de metal engrasado sobre una pierna y con la mano liberada se sacaba la traspiración de los ojos. Tenía la cara, los brazos, las manos y los pantalones completamente embadurnados en grasa.
No es mucha la gente que transita esos caminos. Mucho menos a la hora de la siesta. Por eso Juan se sobresaltó cuando vio venir a una señora caminando muy despacio en dirección contraria. Llevaba una pequeña bolsa de tela bajo el brazo de dónde se asomaban algunas plantas. Parecía tener más de setenta años, pero pese a su edad, se la veía fuerte y saludable.
-¡Buen día señora!- gritó Juan, gimiendo un poco por el esfuerzo, y apoyo la pieza en la pierna. Levantó la mano, saludo un poco y después la colocó en forma de visera. La señora paró lentamente la marcha y se detuvo a unos metros para observar. Fijó primero la vista en el pedazo de motor y escudriñó lentamente al campesino hasta que finalmente se clavó en sus ojos.
- Buen día joven - dijo la señora – ¿Quiere un poco de agua?-
- Sí por favor, muchas gracias - dijo Juan-
La señora apoyó la bolsa en el suelo, la abrió corriendo un pequeño ramo de florcitas y sacó un botella de arcilla tapada con un corcho asegurado con hilo. Muy despacio desató el nudo y con un firme tirón sacó el corcho. Volvió a meter la mano en la bolsa y sacó un pequeña vasija. Con cuidado inclinó la botella y sirvió un poco de agua.
- ¿Qué hace una señora caminando sola a la hora de la siesta? – preguntó Juan mientras se llevaba la vasija a la boca.
- Soy una bruja – dijo tranquila la mujer – Deberías saber que sólo las brujas y las cosas del otro mundo andan a la hora de la siesta. Lo que me pregunto yo es qué hace un joven cargando un motor por estos caminos a la hora de la siesta.
A Juan le divirtió un poco el juego de la señora. No le parecía para nada una bruja, su voz era suave y tranquilizadora. No aparentaba ser la voz de una vieja y mucho menos la de una bruja. -El motor de la chata se rompió. Hoy el mecánico no podía traer el repuesto y mi papá me mandó a buscarlo. Necesitamos la camioneta para mañana. Vamos a vender sandías en la feria del pueblo.-
- Entiendo- murmuró la señora – Soy una bruja y voy a ayudarte, pero la ayuda de una bruja no debe ser tomada a la ligera.- Dijo con calma. Sacó algunas hojas de un paquete, las molió un poco con las manos y las echó dentro de la botella. Agitó un poco el recipiente y sirvió un poco más de agua en la vasija que sostenía Juan.
- ¿Qué es esto señora? – Preguntó Juan ahora con un poco de desconfianza.
- Es una planta que te va a prestar su fuerza para que puedas llegar a tu casa.-
- ¿No me va a hacer mal?
- No. No te va a hacer mal.- Dijo la vieja, concluyente.
Tomó primero un sorbo e inmediatamente se sintió revitalizado. Al segundo sorbo le pareció que la carga era menos pesada. Y cuando hubo terminado la vasija, se sentía realmente fresco. Las hojas producían un efecto muy similar al de la menta, pero con un sabor y olor totalmente diferentes. Rápidamente el efecto cesó pero se sentía un poco mejor después de todo.
- Muchas gracias señora – Dijo Juan mientras devolvía la vasija – Me sacó la sed y refrescó, pero si usted fuera una verdadera bruja, ahora podría levantar este pedazo de motor con una sola mano. Pero como creo que viene la cosa, todavía me va a costar un poquito llegar a casa. – Soltó con un tono jocoso y después rió.
La señora estalló en una carcajada estrepitosa, rió tanto que terminó inclinada casi apoyada sobre sus rodillas. Se silenció súbitamente, tapo la botella, otra vez con mucho cuidado, guardó toda en la bolsa y la levantó del suelo. Miró a Juan fijamente a los ojos durante unos segundos y después buscó algo en su bolsillo.
-No se debe ayudar demasiado a alguien, porque las cosas tienen sentido sólo a causa del esfuerzo que cuesta conseguirlas. A mi me llevó muchos años llegar a ser bruja, y por eso disfruto mucho de serlo. Soy una bruja de plantas. Ese es mi conocimiento. Y como soy una verdadera bruja, te voy a dar la semilla del árbol más hermoso que jamás haya existido. – Sacó del bolsillo una mínima envoltura de tela con algo dentro se lo entregó.
-¿Pero por qué me va a regalar esa semilla? ¿No dijo que no se puede ayudar demasiado a alguien?- Arremetió Juan mientras se guardaba la semilla en el bolsillo.
-No te estoy ayudando ahora, la semilla me pidió irse con vos - explicó la señora – sólo hago lo que me pide la semilla.
-¿Por qué la semilla quiere irse conmigo?- Quiso saber Juan.
-No sé, no entiendo las razones de las semillas. Simplemente quiere irse con vos. La tenés que sembrar cerca de tu casa.-
Juan estaba más divertido que nunca. El misticismo de la vieja era fantástico. Le pareció que estaba más loca de lo que el pensaba en un principio, pero por alguna razón se sentía sinceramente cómodo en su presencia. Estaba mucho mejor, ya no traspiraba en absoluto. El sol parecía menos fuerte y una pequeña brisa empezó a mover el aire.
-Las semillas como estas son cosa seria - continuó la vieja – Dentro de ella hay un gran árbol. Si lo sabes amar y cuidar, ese árbol será tu mejor amigo en el mundo. En un principio deberás regarlo, protegerlo y dejarlo ser. Pero cuando se afiance a este mundo podrás treparte a el, usar su sombra y resguardarte. - Suerte con las sandías mañanas – Dijo por último la vieja, y se fue.
- Gracias bruja.- Le gritó Juan mientras se alejaba.
El resto del camino le resultó mucho más fácil. Maniobraba sin problemas la pieza con las manos y antes de darse cuenta ya había llegado sin detenerse una sola vez. Después le quedaron energías para ayudar a su padre a arreglar el motor y cargar todas las sandías en la parte trasera de la camioneta. No había vuelto a pensar en la bruja.
Esa noche tuvo un sueño. Un enorme árbol se levantaba junto a la casa. Era hermoso. Verde y fuerte como nunca había visto otro. El diámetro del tronco no podía ser rodeado ni por cinco personas con los brazos extendidos. Las ramas se disponían en forma de escalera caracol. Juan subió entre el follaje hasta la punta de la copa. Desde arriba podía ver pequeño el techo la casa, las luces de la ruta en la entrada del pueblo y kilómetros de campo iluminados por la luna. Las hojas olían deliciosas, exactamente igual a las que la bruja le había dado.
Al día siguiente vendieron todas las sandías en el mercado y tanto Juan como el padre estabas felices. Amenazaba con que iba a llover pronto. Era un día húmedo y pesado. Durante toda la mañana habían llegado nubes cada vez más grandes. Y ahora el gris era casi total. Mirando al este se podía ver la lluvia avanzando. La primera gota cayó en el parabrisas de la chata casi llegando a la casa, después hubo un grupo aislado de gotas por acá y por allá que precedieron a una de las tormentas más largas y furiosas que esa tierra haya recibido.
Juan miró por las ventanas de la casa durante una semana eligiendo dónde sembrar la semilla. Todo era un tremendo barrial. Ir hasta el pueblo se hacía imposible. Las clases estaban suspendidas en casi toda la provincia. Guardaba la semilla en una cajita de metal en la mesa de luz. Todas las noches antes de dormir la miraba un rato. Si bien no creía que fuese verdaderamente mágica, sí tenía la esperanza de que escondiese un gran árbol.
La mañana siguiente fue clara y fresca como ninguna otra. El agua se había agotado finalmente. El sol entraba de costado y dejaba sombras largas y amarillentas. Juan dio dos vueltas a la casa hasta encontrar un sitio que le pareció correcto. Cavó un pequeño pozo con las manos en la tierra húmeda y dejó la semilla con cuidado. Tapó el agujero y por último construyó un prolijo cerco de piedras alrededor.
Las primeras semanas no pasó absolutamente nada. Juan se quedaba mirando durante largo rato el círculo de piedras. Un mes después casi había perdido las esperanzas. Le contó toda la historia al padre. Cómo había conocido a la señora y le había regalado una semilla que no crecía. –Los regalos de las brujas no deben ser tomados en broma- dijo el padre mientras soltaba una risita – Lo que necesita tu semilla es mucho agua-.
Durante un mes entero Juan llenaba un pequeño tacho de metal en un canilla y regaba la semilla con metódica dedicación. Cada vez que salía al colegio y antes de irse a dormir. Nunca más volvió a soñar con ese árbol. Aunque lo intentó en repetidas oportunidades. La primavera estaba casi terminando. Se le había ocurrido comprar otras semillas si esta no funcionaba para tener su propio árbol de todas formas.
Pero una mañana, sin esperar demasiado, encontró un pequeño brote verde que partía la tierra. Era ínfimo pero potente. Lleno de alegría lo regó una vez más y ordenó las piedras agregando otras nuevas. Alisó con dedicación la tierra del círculo dejándola perfecta. El árbol recién nacido se erguía, orgulloso en el centro.
Creció mucho más lentamente de lo que Juan esperaba. Habían pasado ya más de seis meses y el árbol era una mísera rama de medio metro con alguna que otra hoja. No parecía en absoluto especial, pero las hojas tenías un olor que el chico adoraba. Se parecía muy poco al de aquella ves, pero iba en camino a serlo. ¡Pero tenía que ser más grande!
Desilusionado, consultó una vez más con su padre. – Lo que necesita tu árbol para crecer es una guía fuerte y recta - le dijo – así tiene dónde apoyarse para crecer firme y derecho. Clavale un palo bien alto al lado para que mire hacia arriba y sepa a dónde tiene que ir. –
Buscó por todos lados pero no encontró lo que buscaba. Ningún palo le parecía lo suficientemente alto o firme. Su árbol era gigante y necesitaba la mejor guía de todas. Un día volviendo del colegio encontró un gran tubo de hierro. Debía tenér por lo menos unos cinco metros de largo. Estaba tirado al lado del camino justo en una obra abandonada.
Le pidió ayuda a su padre para ir a buscarlo con la camioneta. Estuvieron largo rato para levantarlo, y subirlo. Después tardaron otro tanto en atarlo y dejarlo bien seguro. Sobresalía mucho atrás y algo adelante, pero se podía llevar. Cuando tomaron velocidad el aire entró por el hueco del tubo produciendo un quejido espantoso. Era casi de noche cuando llegaron a la casa.
El caño quedó clavado como una chimenea. La plantita parecía diminuta, casi ridícula atada a ese monstruo. Juan buscó piedras durante una hora para hacer un cerco mejor. Ahora había traído unas verdaderas piedrotas, macizas, redondas. Armó un nuevo círculo con grandes bloques y usó piedras más chicas para completarlo. Finalmente alisó la tierra dejándola toda bien pareja y regó una vez más a su amigo con cariño.
Por algunos meses más se preocupó de regarla, y mantener el cerco ordenado, pero lentamente fue perdiendo el interés. Pasó el tiempo y árbol siguió creciendo con la misma lentitud de siempre, sólo que ahora firme contra el caño. Ya no se lo veía tan alegre como siempre, sus hojas estaban un poquito secas en las puntas. Estaba muy lejos del aquel gigante que Juan había soñado.
El árbol, el sueño y la bruja desaparecieron de la vida de Juan. Cuando terminó la secundaria se fue a trabajar a la Capital. Al año su padre vendió la casa, alquiló una pequeña habitación en el pueblo y murió poco tiempo después. Por muchísimos tiempo nunca se preguntó que había sido de aquella semilla.
Una tarde de verano Juan tomaba mate en el living de su departamento, era domingo y estaba a punto de llover. Por la ventana se veían los edificios altos y más allá las nubes. Una gota cayó en el vidrio, la primera. Y después una tremenda tormenta, como pocas ha visto la capital. Las calles se inundaron, en los noticieros mostraban gente caminando con el agua por la cintura y autos flotando.
Durante una semana miró por la ventana recordando. Su pueblo, la casa, el campo. La escuela. Lo pájaros, el cielo abierto. Las tormentas de verano. La bruja, el árbol, el sueño. Por alguna razón se había empeñado a olvidar el pasado. Pero ahí estaba, del otro lado del vidrio mojado. Hasta que finalmente dejó de llover. La ciudad se secó, se normalizó el tránsito y todos volvieron a lo suyo.
Sacó el auto un viernes de fin de semana largo, agarró la ruta y de fue al campo. Manejó un montón de horas sin parar. Estaba claro, fresco y despejado. Se veía el horizonte a los cuatro lados. Cuando llegó a al pueblo no había prácticamente nadie, era la hora de la siesta. Recorrió el camino a su casa despacio, casi sacando la cabeza por la ventanilla.
Cuando estaba cerca miró hacía arriba como buscando el árbol y no encontró nada. Rió un poco para adentro. La tranquera estaba cerrada. Palmeo un par de veces pero no respondieron. Gritó un par de veces llamando, no hubo respuesta y avanzó de todas formas.
Caminó unos cincuenta metros y ahí se podía ver bien la casa. Seguía estando como antes, un poco más derruida pero estaba en pie. Rápidamente buscó el sitio donde se encontraba el árbol, pero en su lugar encontró una espantosa enredadera. Una planta soberbia se elevaba enroscada sobre si misma. Ramas gruesas brotaban en un enjambre espantoso. El verde era realmente único y el olor de las hojas, exactamente el mismo. Esa bestia había engullido al caño por completo, tomando la altura y la forma de esa horrible guía.
Foto: María Eugenia Diaz Heer
12.6.06
El segundo viaje.

Dos veces el otro lado me dejó entrar. La primera fue cuando tenía diez años. Mi mamá me mandó a comprar agua mineral y cuando abrí la puerta corrediza del living crucé un minuto. La segunda fue hace algunos meses nomás. Iba caminando a devolver dos películas al video.
Bajé del ascensor prendiendo un pucho y encontré mucha gente en la planta baja. Supuse que estaban esperando para ver algún departamento en alquiler. No tenían el clasificados de Clarín en la mano y eso me hizo dudar. Un segundo después me parecieron inofensivos y me tranquilicé. La novia de alguien me miró un segundo y rápido se concentró en su celular. Terminé de encender el cigarrillo y salí.
Casi llegando al video me acordé que necesitaba pasar por el cajero. Así que seguí caminando hasta el banco. Pero cuando llegué, simplemente no pude parar. Mantuve mi marcha por Arcos concentrándome en los sonidos que me rodeaban. Sin razón alguna me lancé sobre los pequeños ruiditos a mi alrededor.
Un señora avanzaba con pasos pesados y una bolsa en dirección contraria. Alguien pisó una baldosa floja. Un carrito de bebé chirriaba más adelante. Reduje mi velocidad para que no se escaparan los detalles. En ese momento descubrí que si fijaba la vista en el centro sin enfocar nada en particular, los sonidos se hacían más nítidos y reconocibles.
Cuando mermó la importancia que le daba a lo que veía, la audición amplió su sensibilidad. Por momentos perdí el control y se me escapaba la concentración. Pero cuando me dejaba llevar era hermoso. Luché para desenfocar todo y darle importancia sólo a lo que sentía con los oídos.
La pastilla de frenos de una camioneta hizo un ruido muy agudo y largo. Supe que era una camioneta porque su motor paró muy pesado y vibraba tosco. Un viento bajó de algún lado y movió un grupo árboles. Dos cables pegaron muchas veces contra la pared de un edificio.
Dos mujeres pasaron hablando, una de ellas mentía. En la vereda de enfrente un repartidor a domicilio de Disco arrastraba apurado la mercadería. El subte pasó sumergido en Cabildo. Arriba iban los colectivos llenos de gente. Un mujer con tacos escuchaba música electrónica en los auriculares.
En mi departamento había dejado el inodoro chorreando agua. El río estaba cerca y un avión le volaba por encima. Ciudad Universitaria, los bosques, los lagos. El estadio de River. La General Paz cuando se cruza con Panamericana. Y después el tanque de gas de Constituyentes. Una madre joven le decía a su nene: Si explota nos morimos todos.
El timbre de salida del Emilio Mitre de San Martín, mi primer secundaria. Dos nenes jugaban en la plaza que está frente al colegio, la placita Kennedy. Uno se llamaba Julián, el otro Juan Manuel. El setenta y ocho paró en la esquina, se abrió la puerta y bajaron dos hermanas viejas.
A unas cuadras de ahí estaba la Plaza San Martín. Un montón de palomas picoteaban migas cerca de la fuente apagada. La municipalidad estaba repleta de gente y escaleras. Un empleado municipal barría la vereda con la hoja de una palmera mientras de la estación salía un tren con dirección José León Suárez.
En el club San Andrés se jugaban tres partidos de tenis y dos nenas correteaban por los pasillos. Las chicharras cantaban más fuerte ese día. Ahí estaba yo abriendo la puerta del living de mi casa yendo a comprar agua mineral.
- Yo ya viví esto.- Le dije a mi mamá. - Ahora voy a ir a comprar agua mineral y no va a haber más botellas de plástico. Sólo le quedan las de vidrio.- Cerré despacio la puerta de entrada. Llevaba monedas y billetes en la mano. El canto de las chicharras era apabullante de verdad. Viento no había. Autos tampoco. En el almacén estaba sólo la dueña acomodando unas cajas.
- ¿Qué te doy?- Preguntó rápido. -¿Agua mineral tenés?- Le dije yo con miedo. -De plástico no me quedan más- Respondió. - Sólo me quedan las de vidrio. Y de un manotazo agitó un cajón lleno de botellas.
Cuando volví tenía las películas bien apretadas bajo el brazo derecho. Las manos me traspiraban un poco. En un primer instante me costó ver, pero rápidamente todo recobró nitidez. Di media vuelta. Estaba a unos pocos metros del banco.
Foto: Rebeca.
11.6.06
Te espero en mi fiestita.

El otro día me quedé sin ropa limpia. En una esquina de mi departamento se acumulaba un pila hedionda de tonalidades grises con algunas partes de azul y amarillo pálido. Cuando me deprimo no puedo hacer nada. Ni siquiera meter un par de pantalones en el lavarropas o vaciar los ceniceros.
Ya no tenía cigarrillos, era hora de salir a la calle. Revolví el placard y encontré una remera que no uso nunca porque me queda chica. Me la puse y no estaba tan mal. Marcaba un poco de más la grasa que se me acumula indebidamente en la parte baja de la espalda. Pero después de todo, eran sólo dos cuadras.
Seguí buscando un poco más y descubrí un pantalón azul que hacía años que no me ponía. Lo miré con desconfianza, era demasiado grande. Vestigios de un época de excesos gastronómicos. Quedó colgando de los huesos de la cadera a punto de caerse. Lo acomodé un poco para que no se me viera el culo, ropa interior ya no me quedaba.
La imagen en el espejo fue mucho menos grotesca de lo que creía. Ajusté un poco los pelos para que no se note que me queda poco. Me puse desodorante y ya estaba listo para buscar provisiones de tabaco, Coca Cola y alguna que otra porquería. Moví con un poco de asco la pila de ropa buscando las ojotas. Ahí estaban. Agarré las llaves, los lentes oscuros y salí al pasillo. Noté que el aire en el departamento era turbia.
El ascensor estaba en mi piso. Nunca tengo esa suerte. Entre el cuarto y el segundo me saqué un punto negro de la frente. Lo pegué debidamente en el marco del espejo ampliando la colección. Llegando ya a la planta baja me di cuenta de lo horrible que estaba. Mucha barba, ojeras de y una remera que me hace más gordo.
Cuando me veo así de mal fantaseo con un cambio rotundo. Imagino muchos meses de gimnasio, un corte de pelo ideal, cremas que le devuelven la juventud a la piel y muchas sesiones de terapia productivas, horas de meditación, yoga y un amor incondicional que le da sentido a todo.
El día estaba lindo. Un poco de sol pero no tanto, viento fresquito y una calma hasta sospechosa. Era una de esas tardes exiliadas del tiempo. Demasiado fresca para el verano, demasiado templada para el invierno. Muy viva para ser otoño, y raramente tranquila para la primavera.
Caminé por Vuelta de Obligado, doblé por Arredondo y antes de llegar a Cabildo me di cuenta de que no había agarrado plata. Metí las manos en bolsillos y encontré un pequeño cartón doblado en dos. Tenía el dibujo de un oso sonriente deshojando una margarita grande. Atrás lo acompañaba una abeja juguetona.
Giré sobre mis talones en busca de efectivo mientras abría la tarjetita. En el interior había más abejas juguetonas que volaban en torno a una invitación: Te espero en mi fiestita el 16 de Mayo a las 16:00 hs. (mi cumpleaños). Debajo estaba escrito mi nombre con la letra de mi mamá: Ariel.
Cuando llegué a la puerta del edificio el portero me estaba esperando. Abrió la puerta con un gran ademán, se me acercó al oído con una tremenda sonrisa amarilla y me dijo, casi como en secreto: ya llegaron todos.
Traté de arreglarme un poco en el ascensor. Usé el otro lado de la remera para limpiarme la porquería de los dientes. Comprobé, haciendo una cuevita con las manos, que mi aliento era terrible. El punto negro que me había sacado, ahora era un bulto rojo y visible en la frente.
Ya desde el quinto piso se escuchaba la música. Sonaba un tema de Serrat: “…amo los mundos sutiles, ingrávidos y sensibles como pompas de jabón…”. Claramente una elección de mamá. Era fanática.
No tuve valor para abrir la puerta, así que toqué timbre. Inmediatamente abrió Mariana, mi ex novia. Estaba hermosa, vestida con una musculosa rosa bien ajustada y una pollera blanca. Me dio un abrazo largo y un beso inesperado en la boca. Agarró mi mano con fuerza y me introdujo en mi cumpleaños.
En el living, que ahora parecía mucho más grande, había dos enormes tablas sostenidas por caballetes. En ellas se disponían palitos, papitas, chizitos, sanguchitos de miga y botellas de gaseosas de dos litros y medio. Todos los invitados sostenían vasos descartables blancos y platos de cartón con el motivo del oso feliz.
Mi papá se sentaba en la cabecera junto a Silvina, su esposa. Mis hermanos jugaban a la PlayStation. Todas mis otras ex novias miraban fotos mías de cuando era chico. Mi actual psicólogo discutía con los tres anteriores y con una versión de él más joven. Mi abuela María ofrecía salchichas empaladas en escarbadientes. Algunos antiguos amigos hacían jueguito con una pelota de goma y otros se fumaban un porro cerca de la ventana. Una chica con la que salí hace poco cogía con alguien en mi cuarto y dos compañeras de la secundaria tomaban merca en el baño.
Estaba tratando de reconocer a todos cuando se apagaron las luces. La música cambió repentinamente por un feliz cumpleaños. Todos aplaudían y cantaban mientras mi mamá salía iluminada por veintiséis velas de la cocina. La torta era un castillo medieval asediado por catapultas. Las velas estaban clavadas como banderas en la punta de las torres.
Pedí un solo deseo tres veces para darle más fuerza. Soplé como si nunca hubiese fumado en mi vida y apagué todo de un único intento. Fui hasta mi vieja y le di un abrazo para siempre. Intentando demostrarle todo lo que me quedé con ganas alguna vez. Le apreté el hombro con una mano a mi papá y dije para todos: me voy a bañar, ya vengo.
Media hora después estaba impecable. Afeitado al ras, perfumado, con la uñas cortas, los dientes limpios y el aliento fresco. Salí del baño con una toalla rodeando la cintura y un hisopo hurgándome la oreja. Pero ya se habían ido todos. Sólo quedaba Arminda, la chica que limpia en casa, y se estaba yendo. - Ya está todo- Me dijo. Le di veinte pesos y desapareció.
El departamento estaba impecable y desierto. La ropa limpia llenaba el placard una vez más. Me puse los pantalones que más me gustan, la remera que mejor me queda y las mismas ojotas de siempre. Agarré veinte pesos, las gafas, las llaves y me fui al kiosco. Todavía necesitaba ese cigarrillo.
Foto: María Eugenia Diaz Heer
10.6.06
Morcilla en la sangre.

Antes que nada debo aclarar que soy una persona muy racional. Si tienen alguna duda sólo deberán consultar a algún amigo íntimo, a mi psicólogo o a esa vieja que se para en Cabildo y Juramento y tiene la pesada expresión de saberlo todo.
Mi mamá fue durante muchos años Testigo de Jehová. Para los que no están familiarizados con estos fervientes creyentes, les cuento que se trata de personas tristes que estudian la Biblia en el sentido más literal. Los hombres visten siempre trajes baratos y las mujeres usan polleras, incluso en invierno.
Las mañanas de domingo suelen salir a predicar su fe con devota paciencia de puerta en puerta. También es sabido que comercian con panfletos disfrazados de revistas. Por supuesto, en los barrios de la Provincia de Buenos Aires (yo vivía en San Martín) se enfrentan a católicas empedernidas de origen italiano, a gordos sudados que rompen cajones de verdulería para iniciar un asado, o a simples remolones que se levantan furiosos con resaca y mal humor frente al desafortunado timbrazo.
Entre las tantas prohibiciones que tienen los Testigos de Jehová cabe destacar algunas: No comer morcilla. No recibir ni dar sangre. No festejar cumpleaños, navidades, aniversarios o cualquier otro tipo de fecha especial. Todavía siendo un nene yo ya detestaba la fe de mi mamá. Me llevaba a reuniones aburridísimas. No me dejaba festejar. O lo que es peor, festejaba sólo para que yo no me pusiese triste. Y me arrastraba a las desagradables incursiones domingueras.
En el verano del ochenta y siete chocamos de frente contra un tractor. Estábamos en chile camino a Temuco. El esposo de mi vieja manejaba. Era de noche. Yo iba en el asiento de atrás, durmiendo. Mi mamá se quebró la columna y se le hundió el cráneo contra el parante del auto. A mi no me pasó prácticamente nada más allá de algunos puntos en la cabeza. Mientras agonizaba, mamá se preocupaba sólo por dos cosas: quería saber si yo estaba bien. Y no quería que le hagan una transfusión de sangre.
Discutió enérgicamente con una enfermera mientras le salía rojo de la cara. Finalmente los del hospital accedieron a su voluntad y le dieron plasma en reemplazo a la pecaminosa copa ofrecida por Cristo en la última cena.
El accidente por supuesto aumentó su fervor religioso. Estuvo casi tres meses con un yeso en prácticamente todo el cuerpo. Y otros dos años usando un cuello de plástico. Se salvó de milagro, y de nunca más poder moverse. Muchos años después todavía se despertaba llorando porque no sentía, o le hormigueaban las manos.
Dos cirugías estéticas y años de cremas le dejaron el lado derecho de la cara casi como el izquierdo. Tomaba corticoides para el dolor que la hicieron engordar unos cuantos kilos. Hoy analizándolo un poco más puedo entender que mi mamá perdió la juventud en ese accidente. Tenía treinta y dos años. Ella solía decir que ese día volvió a nacer. Con el tiempo creo que se fue olvidando de los Testigos de Jehová. O yo miraba para otro lado urgido por necesidades adolescentes. Es cierto que mi casa seguía llena de revistitas Atalaya. Pero eran números viejos y polvorientos.
Siempre creí que iba a ser hijo único por el lado de mi mamá. Una vez me contó contenta que había quedado embarazada pero lo perdió a los pocos meses. Yo ya había perdido totalmente las esperanzas pero ella no.
Una noche me llamó a la casa de mi papá (yo estaba viviendo con él en ese momento) y me contó que iba a tener un bebé. Durante todo el embarazo sufrí con el fantasma de otra pérdida.
Al sexto mes algunas cosas andaban mal. Le hicieron unos análisis y descubrieron que el feto no se estaba alimentando bien. Pero el resultado más curioso fue el tipo de sangre de mi mamá: Cero negativo. Esto pareció erróneo en un primer momento así que repitieron la prueba con igual resultado. En el documento de identidad decía: Cero Positivo. La sangre que casi le ponen en chile.
Marina nació pesando menos de un kilo. Pero después de casi dos meses de incubadora salió al mundo y hoy es una hermosa nena de siete años. Vive con la tía en Urquiza.
Mi vieja murió en otro accidente de tránsito junto al esposo. Mi hermana estaba en el asiendo de atrás. Se salvó, no le pasó casi nada. Tenía dieciocho meses.
Yo vivo en Belgrano y llevo un cuarto de siglo sobre este mundo. Soy racional, pero nunca jamás como morcilla Después de todo, esto es una lucha entre el azar y el destino. Entre el orden y el caos. Entre la magia y la nada.
Si no me creen pregúntenle a la vieja de Cabildo y Juramento. Tiene la expresión de los que lo saben todo y siempre anda en pollera. También en invierno.
Pintura: Mariana García Ojeda
Puertas mal cerradas.

Salía del departamento para la casa de una amiga. Estaba contento. Me había bañado, cepillado los dientes y perfumado. Tenía puesta ropa que me gusta y me queda cómoda. Ciento cincuenta pesos en el bolsillo. La batería del celular cargada. Crédito. Algunos chicles de menta y un Marlboro box casi lleno. Perfecto.
Me asomé por la ventana. Clima fresco pero agradable. No necesitaba abrigo. Cerré las cortinas, le di dos pitadas a un tuca. Busqué las llaves. Apagué las luces y salí. Me sentía optimista así que cerré sólo la traba de arriba. Prendí las luces del pasillo y llamé al ascensor. No andaba.
Apreté una y otra vez el botón. Golpee un poco la puerta y me resigné. Tenía que bajar por la escalera. Igual no me molestaba. Nada podía contra mi buen humor. Prendí un cigarrillo y me apuré para que nadie me vea fumando en los pasillos.
Ni bien bajé dos escalones me empecé a sentir mal. Me faltaba un poquito el aire y me dolían las rodillas. Seguí un poco más lento pensando que me había bajado la presión por el faso. Recuperé un poco la respiración, me paré firme y seguí bajando. Llegué al quinto casi sin problemas.
Ya en el pasillo me picaban las manos. Pero cuando empecé a bajar otra vez, descubrí que tenía una especie de sarpullido. Me asusté un poco pero como no era tanto, no me hice problemas. Hasta que descubrí un puntito rojo en el brazo derecho. Lo toqué y me ardía un poco.
Me agarré de la baranda y bajé algunos escalones más. Ahora también me picaba la espalda y tenía frío en la manos. El corazón estaba muy acelerado y otra vez me costaba respirar. Por un momento pensé que estaba teniendo un ataque cardíaco. O de pánico.
Cuando llegué el cuarto volví a tocar el botón del ascensor. No andaba. Era impensable volver por la escalera. Caminé tambaleante por el pasillo del cuarto piso. El ascensor seguramente estaba en el tercero, siempre se quedaba en el tercero. Tenía que bajar sólo un piso más.
Bajé muy cuidadoso el primer escalón y me di cuenta de que tenía el cigarrillo en la mano. Lo tiré con asco y me agarró una tos terrible. Me dolía el pecho horrores y escupí algo color negro. Ahora sí que me sentía mal.
Colapsé en la mitad de la escalera y quedé sentado apoyado contra la pared. La tos se calmó un poco. Respiré hondo y me empezaron a picar los ojos. Primero despacio, después me ardían terriblemente. La vista se me fue nublando de a poco, no veía a más de un metro.
Con las últimas fuerzas que me quedaban me arrastré por la escalera hasta el tercero. Las manos me seguían picando. Me las rascaba y sentía como se desprendían pequeños pedazos de piel. De pronto me encontré todo mojado. Estaba traspirando a mares.
La puerta del ascensor estaba a sólo un metro. Apenas podía verla. Pensé en gritar desesperado por ayuda. Pero no me animé. No sé cómo llegué al ascensor. Estaba ahí. Habían cerrado mal la puerta de adentro.
Entré casi arrastrándome. Con la luz de tubo blanca pude ver cuán grave era. Mi cara estaba llena de llagas. Los labios partidos. De la nariz me salía un pequeño hilo de sangre. Los ojos apenas se distinguían entre el enrojecimiento y la hinchazón. Todo era borroso.
Seguí con la mano la botonera y apreté el sexto. Nada. Insistí un par de veces hasta darme cuenta de que había dejado las puertas abiertas. Me estiré para cerrarlas y caí al piso de lleno. Estaba muriendo. Casi no podía respirar. El cuerpo me temblaba entero. No sentía ni las piernas ni las manos.
Quedé tirado mirando la luz blanca. Resignado. Qué pena, pensaba. Tan pronto. Tan joven. Y de pronto no lo pude aceptar. En el último movimiento que me quedaba cerré la puerta. Escupí otra vez esa sustancia negra, pero ahora con gusto a sangre. Me agarré de las dos paredes y tomé todo el aire que pude.
De rodillas me lancé sobre la puerta corrediza. La agarré con las dos manos y simplemente me desvanecí mientras la cerraba. Ya no veía nada. A lo lejos escuchaba unos golpes y gritos. Traté de gritar yo también, pero no podía más que gemir.
El motor del ascensor se escuchó fuerte. Casi pude sentir como se tensaba el cable de acero. En cuestión de segundos percibí que mi cuerpo estaba subiendo. Recuperé primero la claridad mental. Después la vista. Estaba pasando justo entre los pisos tres y cuatro. Ahora respiraba mejor. Pude pararme.
Me vi en el espejo. Las llagas iban desapareciendo. La sangre se esfumó en un instante y las manos ya no me picaban. Cuando llegamos al quinto me estaba arreglando el pelo para quedar prolijo. Cuando paró en el seis ya estaba impecable. Del otro lado estaba mi vecina esperando para bajar.
La saludé cordialmente y fui amable cerrando las dos puertas del ascensor. Abrí la única cerradura que había cerrado y volví a casa. Claramente no era una noche para salir. Pedí una pizza chica mitad napolitana, mitad roquefort. Por supuesto una coca de litro y medio. Puse el DVD de la cuarta temporada de Sex and the City. Y me tiré a verlo en la cama. Perfecto.
11.4.06
El juego y la vida.

Cuando me asignaron realizar esta investigación me fue prácticamente imposible disimular la alegría. No específicamente porque se tratara de una trabajo importante para mi carrera, sino porque me pidieron escribir sobre la vida de una persona que admiro enormemente. Es cierto que un periodista debe mantener la distancia profesional necesaria, pero debo admitir que en este caso será la misión más difícil de cumplir.
En la mayoría de las investigaciones uno se encuentra, después de mucho buscar, con datos fieles, documentos, fotografías, relatos de primera mano, archivos, papelería gubernamental y videos. Toda una sarta de información que amasando con cuidado y dejando reposar un rato se puede transformar en una interesante nota. Pero este no es el caso.
Es poco y nada lo que se sabe sobre Ariel Levisman más allá de su gran logro. Su vida es una colección de agujeros, chimentos, mitos, leyendas, mentiras y palabrerío sin sentido. Todas habladurías de personas que dicen haberlo conocido, datos falsos, fotos trucadas, videos con imágenes fuera de foco y relatos de supuestas amantes despechadas que reclaman una miserable porción en esta historia.
Lo que trato de decirles es que trazar un camino transitable y fidedigno es una lucha quijotesca. Pero como este hombre lucho toda su vida contra los molinos de la vida, decidí entrar en este terreno tan pantanoso para probarme a mi mismo que yo también puedo ganarle a la adversidad.
Después de mucho revolver, golpear puertas (en algunos casos hasta forzarlas) conseguí una fotografía que por muchas razones parece verdadera. En ella está Ariel Levisman, que en ese entonces debería tener unos veinte años, sosteniendo un mate y haciendo una mueca extraña.
No era un hombre fotogénico. Parece que tampoco era apuesto. Había escuchado ya que portaba un abundante fealdad pero hasta ver la foto supuse que eran sólo comentarios malintencionados. Tenía ojos en declive y una nariz demasiado ancha y claramente asimétrica. Era de estatura normal, tirando más a petiso que otra cosa. Ostentaba una cabellera negra, abundante y furiosamente crispada. De hecho, con la iluminación adecuada se lo podría llegar a confundir con otra especie.
Pero lo que nos importa aquí no es su aspecto físico, sino cómo el destino lo condujo por tantas bifurcaciones para finalmente encontrar la parada terminal en los altares de la gloria. Intentaremos ahora reconstruir esos primeros años de existencia que seguramente forjaron al genio.
Lo poco que sabemos de la infancia de Ariel nace de los relatos de los vecinos. En ese entonces la familia Levisman vivía en una casa relativamente humilde del barrio de San Martín. Hay que tener en cuenta, claro, que las historias de los vecinos están plagadas de antisemitismo. No nos olvidemos que en los barrios del conurbano siempre dominó un pensamiento de derecha y por lo tanto retrógrado.
María, una señora de ochenta años que vivió toda su vida en la casa contigua a la de los Levisman, nos cuenta un capítulo de la preadolescencia de Ariel que es tan increíble como fascinante.
Parece ser que Ariel y su padre no tenían una buena relación. Discutían permanentemente a los gritos sobre temas sin sentido. María dice que una vez en una reunión familiar el padre discutía enérgicamente que la juguera que acababan de comprar era más inteligente que su hijo. La madre lo defendía con uñas y dientes hasta que descubrió que también hacía jugo de remolachas. El nene salió a llorar al patio mientras toda la familia vitoreaba al electrodoméstico.
Realmente no puedo creer que esto todo verdad. Pero, como toda historia siempre tiene algo de cierto, Podemos conjeturar que el clima que se vivía en esa casa no era el ideal.
Además, tenemos pruebas ciertas de que la relación de Ariel con Carlos, su papá, era imposible.
Uno de los pocos documentos originales que se conservan es esta bizarra carta escrita de puño y letra por Ariel y dirigida a su padre:
Querido padre:
El sol sale desde el este, hé aquí el reino de los vivos, donde yo me encuentro ahora. Tu te desplazas lentamente hacia el oeste y debes comprender que cada uno tiene sus creencias.
Tu te dejas la barba, yo me afeité hasta las cejas. Tu crees en un solo dios, a mi no me alcanza. Tu lees la Biblia, yo en el libro de los muertos.
Estas son pequeñas diferencias que no deberían levantar una pirámide entre nosotros.
Que El Disco Solar te ilumine y Osiris esté siempre contigo.
Con toda la gracia de un Faraón,
Tu hijo Ariel
Está claro que Ariel y el Sr. Levisman tenían diferencias religiosas. Carlos era, según dicen, un judío ortodoxo. Ferviente creyente y conservador de la religión judía. Algunos han llegado a calificarlo como a un obsesivo. Hasta un rabino amigo contó que ya ni el podía escucharlo hablar de religión. Básicamente un pesado insoportable, dijo el rabino para ser más precisos.
En cambio con su madre Ariel parecía tener una relación, al menos, más afectiva. Viejos conocidos de la familia recuerdan como ella lo abrazó una vez. Hasta ciertos individuos se animan a afirmar que fue ella quién apoyó e incentivó la inquietud de su hijo por convertirse en inventor.
Otros no son tan optimistas y dicen recordar a la Sra. Levisman como a una mujer completamente loca. Una lunática desamorada que podía tener los pies hundidos en la realidad sólo por algunos segundos. Un barrilete arrastrado azarosamente por la tormenta del desquicio.
Ninguna de las dos posturas parece ser del todo cierta. Una recapitulación cautelosa nos lleva a darnos cuenta de que en verdad tenían una relación casi normal de madre e hijo.
Cuenta un ex empleado del zoológico que una tarde la Sra. Levisman llevó a su hijo al zoológico ¿Cómo podría un empleado recordar un hecho tan simple? Bueno, parece que no fue un episodio fácil de olvidar. Algo relacionado con la jaula de los monos. Pero no me lo quiso contar.
Lo que sí sabemos es que Ariel dejó su casa ya entrado en la adolescencia. Y a partir de este momento caemos en un agujero negro de la historia. Se sabe poco y nada de la época que seguramente fue la más difícil de su vida.
Algunas personas cuentan haberlo visto viviendo debajo de un puente. También tenemos otros testimonios de gente que lo vio pasearse por la ciudad en autos lujosos. Pero conocidos aseguran que vivía debajo de un puente y ocasionalmente robaba automóviles.
Ya es sabido que la carrera de inventor de Ariel Levisman comienza dentro del mundo del deporte. Lo que no está muy claro es cómo de un día para otro se lo encuentra ligado a más de una actividad deportiva.
El primer dato certero que tenemos es una nota en el libro de la Asociación Argentina de Alpinistas (no confundir con otra agrupación con las mismas siglas pero de fines infames). En los libros sólo figura una breve anotación firmada por un tal José Walpen.
Con mucho esfuerzo pude dar con las esposa del Señor Walpen, su esposo había muerto muchos años atrás intentando escalar el K2 en vísperas de navidad y disfrazado de Papá Noel.
No pude sacarle demasiada información a la señora Walpen pero recordó un dato interesante. Su esposo siempre contaba la anécdota de un joven que discutió encarnecidamente con el comité de la asociación. El joven en cuestión sostenía que la utilización de un helicóptero no lo desacreditaba como alpinista.
Es particularmente interesante esta anécdota porque la anotación en el libro de la asociación que menciona el nombre de Ariel Levisman también dice algo sobre un helicóptero rojo. Quizás sean puras coincidencias.
Pero el primer deporte donde Ariel claramente dejó muestras de su inventiva fue en el Golf. Ex socios del club donde el jugaba lo recuerdan como un jugador mediocre tirando a malo. Un charlatán que se dedicaba más a criticar las reglas del glof que a embocar la bola en el hoyo.
Un profesor del club, que supuestamente le dio clases, nos contó que no tenía ningún talento y además, no dejaba de hablar. Recuerda que Ariel defenestraba al golf catalogándolo de extremadamente aburrido. “Habría que pegarle a la bola y salir corriendo”, solía decir. “Y en vez que hoyos debería haber arcos y un equipo de cada lado”.
El profesor recuerda haberle dicho que para eso ya estaba el jockey. Ariel abandonó el club ofendido para no volver nunca jamás y de ahí en más se dedicó de lleno a la náutica. Como todo hombre de grandes ambiciones se decidió dar la vuelta al mundo en un pequeño velero. O al menos eso dicen.
La bitácora del capitán, en este caso Ariel, porque viajaba solo, está completamente llena de incoherencias, dibujos infantiles o de dudosa calidad y partidas inconclusas de ta-te-ti. De todas formas hay un par de pasajes muy interesantes que vale la pena destacar.
Alta mar – Día 45 - 14:45 horas.
El día está soleado y el viento calmo. En este momento debería estar a 2000 millas del río de la plata, pero por momentos me parece vez la punta de la Catedral de San Isidro. La confinación a esta pequeña nave está turbando significativamente mis sentidos.
Mi única diversión en esta cáscara de nuez es tirar una cuchara a determinada distancia e intentar embocarla en una olla. Resulta interesante la emoción del momento previo al lanzamiento y el posterior alivio al escuchar el estruendo latoso del éxito.
Sería mucho más divertido si pudiera jugarlo con alguien, quizás hasta crear dos equipos. Y en vez de cucharas se podrían usar pelotas y también remplazaría la olla por cestos dispuestos a determinada altura.
Ya casi no me quedan provisiones. Ayer comí el último frasco que me quedaba de mermelada dietética. Yo sabía que iniciar una dieta justo antes del viaje era mala idea.
Hay muchas otras curiosas anotaciones pero es la recién mencionada donde se evidencia el fuego mental, la inquietud permanente que caracteriza al genio inventor.
Hasta ahora hemos recorrido un sendero minado de suposiciones, plagado de falsos testimonios e inundado de conjeturas. Pero a partir de este momento en la vida de Ariel Levisman se abre un haz de luz que nos ilumina tímidamente el camino para finalmente convertirse en un resplandor cegador que nuevamente nos deja en penumbras.
Luego de retornar derrotado de su incursión en alta mar, Ariel se toma el primer avión a Madrid. Por dos años le perdemos el rastro hasta que finalmente lo encontramos envuelto en una situación poco cómoda con la ley. Algo relacionado con el Hachis. Estuvo detenido por 3 meses en una penitenciaría de Marruecos hasta que lo dejaron libre por falta de méritos.
Nunca quedó claro si Ariel solamente fumaba un Shilom con un grupo de musulmanes radicales o si era la cabeza de una organización de musulmanes radicales que financiaban actos de terrorismo a través del tráfico de drogas.
Es más fácil inclinarse por la primer teoría después de conocer el largo historial que Ariel tendría con las drogas. Además, muchos lo consideraron básicamente incapaz de ser el líder de algo. Entre ellos, los 2 jueces marroquíes que lo dejaron en libertad literalmente por falta de méritos.
A los dos años de salir de prisión Ariel le escribe nuevamente una carta a su padre. Aparentemente se encontraba en un total grado de locura causado por los alucinógenos que consumía en ese momento. Pero algunos aldeanos de la localidad en la que estuvo viviendo dicen que no todo es mentira.
Casablanca, enero de 1993
Querido padre:
Podría empezar esta carta diciendo que hace muchos años que no nos hablamos, vemos o escribimos. Podría pensar un comienzo emotivo de un hijo que pretende finalmente reconciliarse con su padre. Pero no voy a hacer nada de eso. Porque en este momento lo más importante no es nuestra relación, sino el tremendo calor que hace.
Estoy viviendo en una pequeña aldea a setenta kilómetros de Casablanca, en Marruecos. Tuve que hacer un pequeño viaje de negocios a la ciudad para comprar algunas cosas sin las que nos hemos quedado. No puedo mencionarlas en esta carta porque tuve algunos problemas con las autoridades locales.
El clima en este palmo del planeta es implacable. Un terrible sol corta la tierra todos los días alcanzando temperaturas de cincuenta grados. Es por eso que visto unas enormes túnicas blancas y un turbante haciendo juego. Además, como acá no hay buenas maquinitas de afeitar y como está a la moda, me dejé una prominente barba.
Por supuesto a esta gente no le puedo contar mis orígenes porque me lapidarían de inmediato. Para explicar mis parte íntimas les tuve que decir que fui raptado por un grupo de judíos radicales cuando era bebé. No me creyeron en un primer momento. Pero gané su respeto cuando les dije lo que pensaba de la religión judía. ¿Quién diría que algo de toda la mierda que me enseñaste algún día me iba a salvar la vida.
Pero el real motivo de mi carta no es abrir una vez más la polémica religiosa. Te escribo para contarte que me voy a casar con una encantadora señorita que conocí mientras cruzaba un desierto y que logré comprar por ciento cincuenta camellos.
Su nombre el Hazel y tiene 18 años apenas cumplidos. Su padre es un conocido mercader de la zona. La boda se llevará a cabo con todas las costumbres musulmanas dentro de dos meses. Por supuesto no estás invitado. Pero me gustaría que le digas a mamá si quiere venir. Me gustaría que ella sí conociera a sus nietos. Ah, Hazel está embarazada.
Este puede ser el comienzo de una gran amistad.
Que Alá te compañe siempre,
Ariel.
Carlos Levisman, el padre de Ariel, estaba postrado hacía más de dos años en una cama tras contraer botulismo. Según cuentan, habría ingerido un último palmito que quedaba en una lata vieja y olvidada en la heladera. La enfermedad le dejó graves secuelas. Apenas podía hablar. De todas formas se las ingenió para dictarle una breve carta a su abogado dirigida a Ariel.
Buenos Aires, febrero de 1993
Querido hijo:
Aquí también hace mucho calor.
Tu padre
El Señor Levisman murió un día después electrocutado. Se sentía mucho mejor y se levantó en busca de un tentempié. Al parecer habría abierto la heladera descalzo. Una gran multitud de la comunidad lo despidió en su entierro.
Ya hacía cuatro años que Ariel estaba viviendo cómodamente con su mujer y sus dos hijos cuando se enteró de la muerte de su padre. La noticia lo conmocionó enormemente y decidió volver a Buenos Aires de inmediato.
Después de cuatro días en camello cruzando el desierto, dos días en tren y tres días viajando en un camión de trasporte de frutas llegó al aeropuerto. Ahí lo aguardaba hacía cinco días su mujer, que menos impulsiva había esperado a que llegue su padre para pedirle prestado el auto.
Ariel vuelve a Buenos Aires un jueves. Así lo dicen los registros del aeropuerto. Según una anotación, quizás demasiado poética, de un empleado de la torre de control del aeropuerto: era un día con cielo de nubes gordas y sol tímido.
La alegría de la madre de Ariel fue enorme. Desde su regreso él pasó mucho tiempo con ella, como queriendo recuperar todos aquellos años perdidos. Durante varios meses la familia vivió feliz. La esposa de Ariel estaba encantada descubriendo la vida occidental. Los nietos estaban felices con su abuela que no hacía otra cosa que consentirlos.
Intentando devolverle el equilibrio al universo, Ariel era un padre amoroso y responsable. Al menos eso cuentan. La directora del jardín de los niños recuerda haberlo visto sentado todos los días en el banco de la plaza esperando que salgan sus hijos.
“A veces leía, a veces simplemente se quedaba ahí, sentado, observando el juego de vida” nos dijo la portera que era más intelectual de lo que parecía.
Todo se desarrollaba hermosamente, pero nada se puede hacer contra eso que algunos llaman azar y otros Dios. Una mañana lluviosa un hombre perdió el control de su auto. La Señora Levisman llevaba a sus nietos a comprar esencia de vainilla para hacer buñuelos.
En el funeral Ariel no tuvo consuelo. Entre lágrimas, y sedado sólo pudo decir unas pocas palabras: uno se cree la persona que quiere, y es lo que puede.
Al otro día se sentó en el banco frente a la escuela. Y esperó inmóvil durante horas. Finalmente tomó coraje, volvió a su casa sin prisa. Tenía que decirle a los nenes que un auto había matado a la abuela mientras ellos estaban jugando con el perro del almacenero.
Debo admitir que, habiendo perdido yo a mi madre de una manera similar, me consterna enormemente este hecho. Pero lejos de convertirse en una traba para Ariel, parece darle nuevas energías para seguir adelante.
Un cura de una iglesia local nos confirma lo que siempre fue una sospecha. Por más extraño que suene, a partir de ese momento Ariel hace las paces con Dios. Una prueba irrefutable es esta carta archivada como “rareza” por la compañía eléctrica.
Buenos Aires, diciembre de 1996
Queridos amigos de la compañía de eléctrica:
Mi padre murió, que en paz descanse, electrocutado. Pero de todas formas no odio a la energía eléctrica, de hecho la encuentro altamente satisfactoria. Ilumina mi casa, lava mi ropa, conserva mis comidas y, por sobre todo, mueve mis ventiladores.
Debo confesar que me he convertido en un hombre de dios. Por lo tanto hoy soy religioso hasta para pagar mis facturas, incluida entre ellas las de su compañía. Entonces no entiendo por qué después de incontables llamados telefónicos y reclamos aún soy el único vecino de la cuadra sin luz.
Hace cuarenta grados a la sombra. Y el calor me hace acordar a aquellos tiempos en los que yo me frecuentaba con jóvenes que no dudarían en hacer explotar a quienes los incomodaran. Es por esto que quiero mis ventiladores funcionando, y si es posible, también el aire acondicionado.
Les repito, ahora soy un hombre de dios. Así que sólo les suplico una cosa: que se haga la luz.
Amistosamente,
Ariel Levisman.
Perdón si me apasiono con los pequeños detalles de la vida de este hombre. Es que sólo a partir de ellos podemos realmente reconstruir. Porque son aquellas pequeñas cosas un tema de Serrat, y lo único que nos hace como personas.
Después de tanto investigar, de sumergirme en lo más íntimo de la existencia de Ariel, pude entrever los hilos del destino. Qué no se mantienen inmóviles, claro. Sino que se retuercen y vibran como las cuerdas de una guitarra. Formando finalmente la melodía final que todos llamamos: vida.
“No sé si todos tenemos un destino, o flotamos libremente en el viento. Yo creo que es un poco de las dos cosas” Dijo Forest Gump, demostrando que a veces no hay que ser inteligente para entenderlo todo.
Llega un punto donde realmente poco importa si fuimos todos creados por un Dios vengativo y benevolente. O somos un virus, una plaga accidental, mutante, aleatoria, implacable. Destinada a invadir un organismo mucho mayor y fuera de nuestra comprensión llamado universo.
Nuestra misión personal dentro de este ir y venir de muerte y vida es pequeña. Insignificante. Sólo los hombres que se creen grandes logran serlo. Y puestos en contexto no dejan de ser mínimos.
Pero de vez en cuando surge una chispa de claridad. Alguien que descubre una verdad. Como cuando Newton, sólo con la observación, desnudó que los objetos son atraídos todos hacia el centro de la tierra. No se quedó ahí, no. Calculó esa fuerza, la explicó. Y la entendimos todos.
O como cuando Darwin y su camada comprendió la complejidad, hermosura, crueldad y perfección del juego de la vida. Ya el pájaro no fue simplemente un pájaro. La adaptación, la mutabilidad y la supervivencia lo dominaron todo.
Y si hay algo que caracterizó a Ariel Levisman fue su capacidad de adaptación. Después de la sorpresiva muerte de su madre se dedicó de lleno a sus hijos. Hay quienes dicen haberlo escuchado en alguna noche de copas despotricar contra el Tenis. Miraban un Master Series cuando se paró en una silla y gritó acalorado: esto es un embole. Debería haber paredes detrás de los jugadores, para que la pelota no se vaya y puedan volver a pegarle.
Salvo por estos pequeños arranques, estas explosiones aisladas, la creatividad de Ariel parecía sólo enfocada en divertir a sus niños. Inventó varios juegos para ellos. Entre los que sen encuentran el Dadominó, una interesante combinación de, como lo dice el nombre, dados y dominó.
Siempre es difícil culminar un trabajo. Saber cuándo fue suficiente. Decidir qué sacar, qué dejar. Ya no me queda mucho por decir sobre Ariel. Llegamos a ese punto donde todo se conjuga en un solo hecho, en un segundo que lo cambiará todo para siempre.
La esposa de Ariel estaba golpeando la carne de las milanesas con un mazo de madera para hacerlas más tiernas. Afuera hacía un frío lógico de otoño. Los chicos jugaban en el patio con una pelota pulpo número 5. Ariel estaba sentado en living control remoto en mano.
¡A poner la mesa!- Gritó la mamá desde la cocina. Los chicos entraron entusiasmados. Es que para alentarlos a hacer las tareas domésticas les pagaban cincuenta centavos por trabajo. Poner la mesa, hacer la cama, lavar los platos. Todo lo hacían encantados pensando en juguetes y golosinas.
Ariel estaba sentado frente a la tele mientras sus hijos pasaron corriendo por detrás entre risotadas. Daban un documental de la segunda guerra en History Channel.
- ¡Chicos! - Los llamó con un grito.
- ¿Qué pasa, papá? Preguntaron casi al unísono.
- ¿Ven eso que está en la tele?
- Sí.
- Bueno, ese juego está mal. En realidad debería haber un solo equipo y…
Y así fue como inventó la paz.
Foto: María Eugenia Diaz Heer
