10.6.06

Morcilla en la sangre.


Antes que nada debo aclarar que soy una persona muy racional. Si tienen alguna duda sólo deberán consultar a algún amigo íntimo, a mi psicólogo o a esa vieja que se para en Cabildo y Juramento y tiene la pesada expresión de saberlo todo.
Mi mamá fue durante muchos años Testigo de Jehová. Para los que no están familiarizados con estos fervientes creyentes, les cuento que se trata de personas tristes que estudian la Biblia en el sentido más literal. Los hombres visten siempre trajes baratos y las mujeres usan polleras, incluso en invierno.

Las mañanas de domingo suelen salir a predicar su fe con devota paciencia de puerta en puerta. También es sabido que comercian con panfletos disfrazados de revistas. Por supuesto, en los barrios de la Provincia de Buenos Aires (yo vivía en San Martín) se enfrentan a católicas empedernidas de origen italiano, a gordos sudados que rompen cajones de verdulería para iniciar un asado, o a simples remolones que se levantan furiosos con resaca y mal humor frente al desafortunado timbrazo.

Entre las tantas prohibiciones que tienen los Testigos de Jehová cabe destacar algunas: No comer morcilla. No recibir ni dar sangre. No festejar cumpleaños, navidades, aniversarios o cualquier otro tipo de fecha especial. Todavía siendo un nene yo ya detestaba la fe de mi mamá. Me llevaba a reuniones aburridísimas. No me dejaba festejar. O lo que es peor, festejaba sólo para que yo no me pusiese triste. Y me arrastraba a las desagradables incursiones domingueras.

En el verano del ochenta y siete chocamos de frente contra un tractor. Estábamos en chile camino a Temuco. El esposo de mi vieja manejaba. Era de noche. Yo iba en el asiento de atrás, durmiendo. Mi mamá se quebró la columna y se le hundió el cráneo contra el parante del auto. A mi no me pasó prácticamente nada más allá de algunos puntos en la cabeza. Mientras agonizaba, mamá se preocupaba sólo por dos cosas: quería saber si yo estaba bien. Y no quería que le hagan una transfusión de sangre.

Discutió enérgicamente con una enfermera mientras le salía rojo de la cara. Finalmente los del hospital accedieron a su voluntad y le dieron plasma en reemplazo a la pecaminosa copa ofrecida por Cristo en la última cena.
El accidente por supuesto aumentó su fervor religioso. Estuvo casi tres meses con un yeso en prácticamente todo el cuerpo. Y otros dos años usando un cuello de plástico. Se salvó de milagro, y de nunca más poder moverse. Muchos años después todavía se despertaba llorando porque no sentía, o le hormigueaban las manos.

Dos cirugías estéticas y años de cremas le dejaron el lado derecho de la cara casi como el izquierdo. Tomaba corticoides para el dolor que la hicieron engordar unos cuantos kilos. Hoy analizándolo un poco más puedo entender que mi mamá perdió la juventud en ese accidente. Tenía treinta y dos años. Ella solía decir que ese día volvió a nacer. Con el tiempo creo que se fue olvidando de los Testigos de Jehová. O yo miraba para otro lado urgido por necesidades adolescentes. Es cierto que mi casa seguía llena de revistitas Atalaya. Pero eran números viejos y polvorientos.

Siempre creí que iba a ser hijo único por el lado de mi mamá. Una vez me contó contenta que había quedado embarazada pero lo perdió a los pocos meses. Yo ya había perdido totalmente las esperanzas pero ella no.
Una noche me llamó a la casa de mi papá (yo estaba viviendo con él en ese momento) y me contó que iba a tener un bebé. Durante todo el embarazo sufrí con el fantasma de otra pérdida.

Al sexto mes algunas cosas andaban mal. Le hicieron unos análisis y descubrieron que el feto no se estaba alimentando bien. Pero el resultado más curioso fue el tipo de sangre de mi mamá: Cero negativo. Esto pareció erróneo en un primer momento así que repitieron la prueba con igual resultado. En el documento de identidad decía: Cero Positivo. La sangre que casi le ponen en chile.

Marina nació pesando menos de un kilo. Pero después de casi dos meses de incubadora salió al mundo y hoy es una hermosa nena de siete años. Vive con la tía en Urquiza.
Mi vieja murió en otro accidente de tránsito junto al esposo. Mi hermana estaba en el asiendo de atrás. Se salvó, no le pasó casi nada. Tenía dieciocho meses.

Yo vivo en Belgrano y llevo un cuarto de siglo sobre este mundo. Soy racional, pero nunca jamás como morcilla Después de todo, esto es una lucha entre el azar y el destino. Entre el orden y el caos. Entre la magia y la nada.
Si no me creen pregúntenle a la vieja de Cabildo y Juramento. Tiene la expresión de los que lo saben todo y siempre anda en pollera. También en invierno.


Pintura: Mariana García Ojeda

1 comentario:

* dijo...

no entiendo cómo este tex tiene cero buenas vibras. bueno, ahora ya no. estoy leyendo la lista de favoritos que dejaste linkeada. no pude dejar de comentar este.
seguramente algún pelotudo piense:no es que escribe bien, le pasan muchas cosas.

yo creo que cosas nos pasan a todos, sólo hay que darse cuenta que nos están pasando.

pd: bellas fotos, buenas animaciones, lo de los billetes es original, y tus txt son muy lindos