La lluvia.

Me pidieron que hable de la lluvia. Y lo voy a hacer. Pero de la única manera que sé. Condensando mis ideas en cúmulos amorfos y dejándolas caer repiqueteando sobre el teclado. Nótese que intento empezar el texto con inteligencia. Amenazando con que va a ser algo bueno. Como esas nubes negras que se estacionan sobre la cuidad oscureciendo todo. Como las naves nodrizas de una película mala de ciencia ficción.
Pero no es más que eso. Una amenaza. Después de todo sólo se trata de una comparación algo fácil entre la lluvia y mi forma de escribir. Algo a lo que cualquiera hubiera llegado buscando un poco. A veces me pasa eso. Busco poco. Porque soy vago. Soy una tormenta que promete un gran chaparrón. Pero que pasa de largo porque tiene fiaca de caer. De caer en la realidad. O tiene miedo. Miedo de no mojar lo suficiente. De no inundar a nadie.
Otro camino relativamente simple hubiese sido comparar a la lluvia con la vida misma. Después de todo una nube es una gran masa de energía en movimiento que en un momento determinado decide dividirse en millones de gotas. Millones de gotas que nacen para caer hacia una muerte inevitable contra el suelo. Contra un techo. O contra un paraguas. Cada una tiene su destino. Lo único que importa es el recorrido. Porque al fin y al cabo todas terminarán fusionándose en lo mismo. Para volver a ser caudal. A ser vapor. Nube. Lluvia. Y una vez más, gota.
Estoy harto de comparar las cosas con la vida. La vida termina siendo comparable con todo. Y la lluvia es más simple. Más romántica. Cae sobre nosotros y humedece aún más tus besos. Te moja y revela las formas de tu cuerpo. Te recorre con su lengua. Con la mía. Nos invita a hacer el amor. ¿A quién no le gusta coger con lluvia? Abrigados el uno con el otro. Calentitos. Mientras afuera hay ruido, frío y viento.
Me fui de mambo. Quizás debería haber escrito algo minimalista. Siete párrafos describiendo ese momento exacto en que una gota toca el suelo. Pasajes de ida y vuelta sobre la idea de una pequeña porción de agua estrellando toda su existencia contra el pavimento. Sólo esas tres centésimas de segundo. O verlo desde lo grande. Contar el recorrido. Los cambios de estado. Del mar al firmamento. Y de ahí a la montaña, al río, al pueblo, al mar. Y de vuelta al cielo.
¿Por qué siempre tiendo a caer en ciclos? ¿Por qué todo termina siendo cíclico? Yo. La gota. El universo. Vos. Nuestro amor. ¿Por qué todo empieza y termina? ¿Por qué todo pega la vuelta? ¿Por qué vos no pegas la vuelta hoy? ¿Por qué yo soy un trompo que gira y gira, se mueve, pero no avanza?
Tu pelo está desordenado, anticipándola. Odiás la humedad por eso. Yo la odio porque me duele la rodilla izquierda. Tenía razón el del pronóstico del tiempo. El pibe que vende estuches para celulares en Tribunales hoy se vino con unos cuantos paraguas. Más previsor que otros. Todavía me acuerdo cuando compré uno a la salida de la facu. Todavía éramos compañeros. Caminamos los dos juntitos bajo el mismo techo. Sólo nosotros dos. Riendo. Yo ya te amaba.
Ya te puse a vos. A mí. A la lluvia. A la vida y sus ciclos. Pero falta algo. Falta Dios. El dios de la lluvia. El trueno y el pedo de San Pedro. El rayo de Zeus. La danza mística llamando a la tormenta. El sacrificio humano para terminar con la sequía. Los ángeles sentados en las nubes. Eolo agitando el aire. Y la Pacha Mama. La Pacha Mama abriendo sus piernas a miles de espermas cayendo del cielo.
Foto: María Eugenia Diaz Heer

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