Puertas mal cerradas.

Salía del departamento para la casa de una amiga. Estaba contento. Me había bañado, cepillado los dientes y perfumado. Tenía puesta ropa que me gusta y me queda cómoda. Ciento cincuenta pesos en el bolsillo. La batería del celular cargada. Crédito. Algunos chicles de menta y un Marlboro box casi lleno. Perfecto.
Me asomé por la ventana. Clima fresco pero agradable. No necesitaba abrigo. Cerré las cortinas, le di dos pitadas a un tuca. Busqué las llaves. Apagué las luces y salí. Me sentía optimista así que cerré sólo la traba de arriba. Prendí las luces del pasillo y llamé al ascensor. No andaba.
Apreté una y otra vez el botón. Golpee un poco la puerta y me resigné. Tenía que bajar por la escalera. Igual no me molestaba. Nada podía contra mi buen humor. Prendí un cigarrillo y me apuré para que nadie me vea fumando en los pasillos.
Ni bien bajé dos escalones me empecé a sentir mal. Me faltaba un poquito el aire y me dolían las rodillas. Seguí un poco más lento pensando que me había bajado la presión por el faso. Recuperé un poco la respiración, me paré firme y seguí bajando. Llegué al quinto casi sin problemas.
Ya en el pasillo me picaban las manos. Pero cuando empecé a bajar otra vez, descubrí que tenía una especie de sarpullido. Me asusté un poco pero como no era tanto, no me hice problemas. Hasta que descubrí un puntito rojo en el brazo derecho. Lo toqué y me ardía un poco.
Me agarré de la baranda y bajé algunos escalones más. Ahora también me picaba la espalda y tenía frío en la manos. El corazón estaba muy acelerado y otra vez me costaba respirar. Por un momento pensé que estaba teniendo un ataque cardíaco. O de pánico.
Cuando llegué el cuarto volví a tocar el botón del ascensor. No andaba. Era impensable volver por la escalera. Caminé tambaleante por el pasillo del cuarto piso. El ascensor seguramente estaba en el tercero, siempre se quedaba en el tercero. Tenía que bajar sólo un piso más.
Bajé muy cuidadoso el primer escalón y me di cuenta de que tenía el cigarrillo en la mano. Lo tiré con asco y me agarró una tos terrible. Me dolía el pecho horrores y escupí algo color negro. Ahora sí que me sentía mal.
Colapsé en la mitad de la escalera y quedé sentado apoyado contra la pared. La tos se calmó un poco. Respiré hondo y me empezaron a picar los ojos. Primero despacio, después me ardían terriblemente. La vista se me fue nublando de a poco, no veía a más de un metro.
Con las últimas fuerzas que me quedaban me arrastré por la escalera hasta el tercero. Las manos me seguían picando. Me las rascaba y sentía como se desprendían pequeños pedazos de piel. De pronto me encontré todo mojado. Estaba traspirando a mares.
La puerta del ascensor estaba a sólo un metro. Apenas podía verla. Pensé en gritar desesperado por ayuda. Pero no me animé. No sé cómo llegué al ascensor. Estaba ahí. Habían cerrado mal la puerta de adentro.
Entré casi arrastrándome. Con la luz de tubo blanca pude ver cuán grave era. Mi cara estaba llena de llagas. Los labios partidos. De la nariz me salía un pequeño hilo de sangre. Los ojos apenas se distinguían entre el enrojecimiento y la hinchazón. Todo era borroso.
Seguí con la mano la botonera y apreté el sexto. Nada. Insistí un par de veces hasta darme cuenta de que había dejado las puertas abiertas. Me estiré para cerrarlas y caí al piso de lleno. Estaba muriendo. Casi no podía respirar. El cuerpo me temblaba entero. No sentía ni las piernas ni las manos.
Quedé tirado mirando la luz blanca. Resignado. Qué pena, pensaba. Tan pronto. Tan joven. Y de pronto no lo pude aceptar. En el último movimiento que me quedaba cerré la puerta. Escupí otra vez esa sustancia negra, pero ahora con gusto a sangre. Me agarré de las dos paredes y tomé todo el aire que pude.
De rodillas me lancé sobre la puerta corrediza. La agarré con las dos manos y simplemente me desvanecí mientras la cerraba. Ya no veía nada. A lo lejos escuchaba unos golpes y gritos. Traté de gritar yo también, pero no podía más que gemir.
El motor del ascensor se escuchó fuerte. Casi pude sentir como se tensaba el cable de acero. En cuestión de segundos percibí que mi cuerpo estaba subiendo. Recuperé primero la claridad mental. Después la vista. Estaba pasando justo entre los pisos tres y cuatro. Ahora respiraba mejor. Pude pararme.
Me vi en el espejo. Las llagas iban desapareciendo. La sangre se esfumó en un instante y las manos ya no me picaban. Cuando llegamos al quinto me estaba arreglando el pelo para quedar prolijo. Cuando paró en el seis ya estaba impecable. Del otro lado estaba mi vecina esperando para bajar.
La saludé cordialmente y fui amable cerrando las dos puertas del ascensor. Abrí la única cerradura que había cerrado y volví a casa. Claramente no era una noche para salir. Pedí una pizza chica mitad napolitana, mitad roquefort. Por supuesto una coca de litro y medio. Puse el DVD de la cuarta temporada de Sex and the City. Y me tiré a verlo en la cama. Perfecto.

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