11.4.06

El juego y la vida.


Cuando me asignaron realizar esta investigación me fue prácticamente imposible disimular la alegría. No específicamente porque se tratara de una trabajo importante para mi carrera, sino porque me pidieron escribir sobre la vida de una persona que admiro enormemente. Es cierto que un periodista debe mantener la distancia profesional necesaria, pero debo admitir que en este caso será la misión más difícil de cumplir.

En la mayoría de las investigaciones uno se encuentra, después de mucho buscar, con datos fieles, documentos, fotografías, relatos de primera mano, archivos, papelería gubernamental y videos. Toda una sarta de información que amasando con cuidado y dejando reposar un rato se puede transformar en una interesante nota. Pero este no es el caso.

Es poco y nada lo que se sabe sobre Ariel Levisman más allá de su gran logro. Su vida es una colección de agujeros, chimentos, mitos, leyendas, mentiras y palabrerío sin sentido. Todas habladurías de personas que dicen haberlo conocido, datos falsos, fotos trucadas, videos con imágenes fuera de foco y relatos de supuestas amantes despechadas que reclaman una miserable porción en esta historia.

Lo que trato de decirles es que trazar un camino transitable y fidedigno es una lucha quijotesca. Pero como este hombre lucho toda su vida contra los molinos de la vida, decidí entrar en este terreno tan pantanoso para probarme a mi mismo que yo también puedo ganarle a la adversidad.

Después de mucho revolver, golpear puertas (en algunos casos hasta forzarlas) conseguí una fotografía que por muchas razones parece verdadera. En ella está Ariel Levisman, que en ese entonces debería tener unos veinte años, sosteniendo un mate y haciendo una mueca extraña.

No era un hombre fotogénico. Parece que tampoco era apuesto. Había escuchado ya que portaba un abundante fealdad pero hasta ver la foto supuse que eran sólo comentarios malintencionados. Tenía ojos en declive y una nariz demasiado ancha y claramente asimétrica. Era de estatura normal, tirando más a petiso que otra cosa. Ostentaba una cabellera negra, abundante y furiosamente crispada. De hecho, con la iluminación adecuada se lo podría llegar a confundir con otra especie.

Pero lo que nos importa aquí no es su aspecto físico, sino cómo el destino lo condujo por tantas bifurcaciones para finalmente encontrar la parada terminal en los altares de la gloria. Intentaremos ahora reconstruir esos primeros años de existencia que seguramente forjaron al genio.

Lo poco que sabemos de la infancia de Ariel nace de los relatos de los vecinos. En ese entonces la familia Levisman vivía en una casa relativamente humilde del barrio de San Martín. Hay que tener en cuenta, claro, que las historias de los vecinos están plagadas de antisemitismo. No nos olvidemos que en los barrios del conurbano siempre dominó un pensamiento de derecha y por lo tanto retrógrado.

María, una señora de ochenta años que vivió toda su vida en la casa contigua a la de los Levisman, nos cuenta un capítulo de la preadolescencia de Ariel que es tan increíble como fascinante.

Parece ser que Ariel y su padre no tenían una buena relación. Discutían permanentemente a los gritos sobre temas sin sentido. María dice que una vez en una reunión familiar el padre discutía enérgicamente que la juguera que acababan de comprar era más inteligente que su hijo. La madre lo defendía con uñas y dientes hasta que descubrió que también hacía jugo de remolachas. El nene salió a llorar al patio mientras toda la familia vitoreaba al electrodoméstico.

Realmente no puedo creer que esto todo verdad. Pero, como toda historia siempre tiene algo de cierto, Podemos conjeturar que el clima que se vivía en esa casa no era el ideal.
Además, tenemos pruebas ciertas de que la relación de Ariel con Carlos, su papá, era imposible.

Uno de los pocos documentos originales que se conservan es esta bizarra carta escrita de puño y letra por Ariel y dirigida a su padre:


Querido padre:

El sol sale desde el este, hé aquí el reino de los vivos, donde yo me encuentro ahora. Tu te desplazas lentamente hacia el oeste y debes comprender que cada uno tiene sus creencias.
Tu te dejas la barba, yo me afeité hasta las cejas. Tu crees en un solo dios, a mi no me alcanza. Tu lees la Biblia, yo en el libro de los muertos.
Estas son pequeñas diferencias que no deberían levantar una pirámide entre nosotros.

Que El Disco Solar te ilumine y Osiris esté siempre contigo.

Con toda la gracia de un Faraón,


Tu hijo Ariel


Está claro que Ariel y el Sr. Levisman tenían diferencias religiosas. Carlos era, según dicen, un judío ortodoxo. Ferviente creyente y conservador de la religión judía. Algunos han llegado a calificarlo como a un obsesivo. Hasta un rabino amigo contó que ya ni el podía escucharlo hablar de religión. Básicamente un pesado insoportable, dijo el rabino para ser más precisos.


En cambio con su madre Ariel parecía tener una relación, al menos, más afectiva. Viejos conocidos de la familia recuerdan como ella lo abrazó una vez. Hasta ciertos individuos se animan a afirmar que fue ella quién apoyó e incentivó la inquietud de su hijo por convertirse en inventor.

Otros no son tan optimistas y dicen recordar a la Sra. Levisman como a una mujer completamente loca. Una lunática desamorada que podía tener los pies hundidos en la realidad sólo por algunos segundos. Un barrilete arrastrado azarosamente por la tormenta del desquicio.

Ninguna de las dos posturas parece ser del todo cierta. Una recapitulación cautelosa nos lleva a darnos cuenta de que en verdad tenían una relación casi normal de madre e hijo.

Cuenta un ex empleado del zoológico que una tarde la Sra. Levisman llevó a su hijo al zoológico ¿Cómo podría un empleado recordar un hecho tan simple? Bueno, parece que no fue un episodio fácil de olvidar. Algo relacionado con la jaula de los monos. Pero no me lo quiso contar.

Lo que sí sabemos es que Ariel dejó su casa ya entrado en la adolescencia. Y a partir de este momento caemos en un agujero negro de la historia. Se sabe poco y nada de la época que seguramente fue la más difícil de su vida.

Algunas personas cuentan haberlo visto viviendo debajo de un puente. También tenemos otros testimonios de gente que lo vio pasearse por la ciudad en autos lujosos. Pero conocidos aseguran que vivía debajo de un puente y ocasionalmente robaba automóviles.

Ya es sabido que la carrera de inventor de Ariel Levisman comienza dentro del mundo del deporte. Lo que no está muy claro es cómo de un día para otro se lo encuentra ligado a más de una actividad deportiva.

El primer dato certero que tenemos es una nota en el libro de la Asociación Argentina de Alpinistas (no confundir con otra agrupación con las mismas siglas pero de fines infames). En los libros sólo figura una breve anotación firmada por un tal José Walpen.

Con mucho esfuerzo pude dar con las esposa del Señor Walpen, su esposo había muerto muchos años atrás intentando escalar el K2 en vísperas de navidad y disfrazado de Papá Noel.

No pude sacarle demasiada información a la señora Walpen pero recordó un dato interesante. Su esposo siempre contaba la anécdota de un joven que discutió encarnecidamente con el comité de la asociación. El joven en cuestión sostenía que la utilización de un helicóptero no lo desacreditaba como alpinista.

Es particularmente interesante esta anécdota porque la anotación en el libro de la asociación que menciona el nombre de Ariel Levisman también dice algo sobre un helicóptero rojo. Quizás sean puras coincidencias.

Pero el primer deporte donde Ariel claramente dejó muestras de su inventiva fue en el Golf. Ex socios del club donde el jugaba lo recuerdan como un jugador mediocre tirando a malo. Un charlatán que se dedicaba más a criticar las reglas del glof que a embocar la bola en el hoyo.

Un profesor del club, que supuestamente le dio clases, nos contó que no tenía ningún talento y además, no dejaba de hablar. Recuerda que Ariel defenestraba al golf catalogándolo de extremadamente aburrido. “Habría que pegarle a la bola y salir corriendo”, solía decir. “Y en vez que hoyos debería haber arcos y un equipo de cada lado”.

El profesor recuerda haberle dicho que para eso ya estaba el jockey. Ariel abandonó el club ofendido para no volver nunca jamás y de ahí en más se dedicó de lleno a la náutica. Como todo hombre de grandes ambiciones se decidió dar la vuelta al mundo en un pequeño velero. O al menos eso dicen.

La bitácora del capitán, en este caso Ariel, porque viajaba solo, está completamente llena de incoherencias, dibujos infantiles o de dudosa calidad y partidas inconclusas de ta-te-ti. De todas formas hay un par de pasajes muy interesantes que vale la pena destacar.

Alta mar – Día 45 - 14:45 horas.

El día está soleado y el viento calmo. En este momento debería estar a 2000 millas del río de la plata, pero por momentos me parece vez la punta de la Catedral de San Isidro. La confinación a esta pequeña nave está turbando significativamente mis sentidos.
Mi única diversión en esta cáscara de nuez es tirar una cuchara a determinada distancia e intentar embocarla en una olla. Resulta interesante la emoción del momento previo al lanzamiento y el posterior alivio al escuchar el estruendo latoso del éxito.
Sería mucho más divertido si pudiera jugarlo con alguien, quizás hasta crear dos equipos. Y en vez de cucharas se podrían usar pelotas y también remplazaría la olla por cestos dispuestos a determinada altura.
Ya casi no me quedan provisiones. Ayer comí el último frasco que me quedaba de mermelada dietética. Yo sabía que iniciar una dieta justo antes del viaje era mala idea.


Hay muchas otras curiosas anotaciones pero es la recién mencionada donde se evidencia el fuego mental, la inquietud permanente que caracteriza al genio inventor.



Hasta ahora hemos recorrido un sendero minado de suposiciones, plagado de falsos testimonios e inundado de conjeturas. Pero a partir de este momento en la vida de Ariel Levisman se abre un haz de luz que nos ilumina tímidamente el camino para finalmente convertirse en un resplandor cegador que nuevamente nos deja en penumbras.

Luego de retornar derrotado de su incursión en alta mar, Ariel se toma el primer avión a Madrid. Por dos años le perdemos el rastro hasta que finalmente lo encontramos envuelto en una situación poco cómoda con la ley. Algo relacionado con el Hachis. Estuvo detenido por 3 meses en una penitenciaría de Marruecos hasta que lo dejaron libre por falta de méritos.

Nunca quedó claro si Ariel solamente fumaba un Shilom con un grupo de musulmanes radicales o si era la cabeza de una organización de musulmanes radicales que financiaban actos de terrorismo a través del tráfico de drogas.

Es más fácil inclinarse por la primer teoría después de conocer el largo historial que Ariel tendría con las drogas. Además, muchos lo consideraron básicamente incapaz de ser el líder de algo. Entre ellos, los 2 jueces marroquíes que lo dejaron en libertad literalmente por falta de méritos.

A los dos años de salir de prisión Ariel le escribe nuevamente una carta a su padre. Aparentemente se encontraba en un total grado de locura causado por los alucinógenos que consumía en ese momento. Pero algunos aldeanos de la localidad en la que estuvo viviendo dicen que no todo es mentira.

Casablanca, enero de 1993

Querido padre:

Podría empezar esta carta diciendo que hace muchos años que no nos hablamos, vemos o escribimos. Podría pensar un comienzo emotivo de un hijo que pretende finalmente reconciliarse con su padre. Pero no voy a hacer nada de eso. Porque en este momento lo más importante no es nuestra relación, sino el tremendo calor que hace.

Estoy viviendo en una pequeña aldea a setenta kilómetros de Casablanca, en Marruecos. Tuve que hacer un pequeño viaje de negocios a la ciudad para comprar algunas cosas sin las que nos hemos quedado. No puedo mencionarlas en esta carta porque tuve algunos problemas con las autoridades locales.

El clima en este palmo del planeta es implacable. Un terrible sol corta la tierra todos los días alcanzando temperaturas de cincuenta grados. Es por eso que visto unas enormes túnicas blancas y un turbante haciendo juego. Además, como acá no hay buenas maquinitas de afeitar y como está a la moda, me dejé una prominente barba.

Por supuesto a esta gente no le puedo contar mis orígenes porque me lapidarían de inmediato. Para explicar mis parte íntimas les tuve que decir que fui raptado por un grupo de judíos radicales cuando era bebé. No me creyeron en un primer momento. Pero gané su respeto cuando les dije lo que pensaba de la religión judía. ¿Quién diría que algo de toda la mierda que me enseñaste algún día me iba a salvar la vida.

Pero el real motivo de mi carta no es abrir una vez más la polémica religiosa. Te escribo para contarte que me voy a casar con una encantadora señorita que conocí mientras cruzaba un desierto y que logré comprar por ciento cincuenta camellos.

Su nombre el Hazel y tiene 18 años apenas cumplidos. Su padre es un conocido mercader de la zona. La boda se llevará a cabo con todas las costumbres musulmanas dentro de dos meses. Por supuesto no estás invitado. Pero me gustaría que le digas a mamá si quiere venir. Me gustaría que ella sí conociera a sus nietos. Ah, Hazel está embarazada.

Este puede ser el comienzo de una gran amistad.
Que Alá te compañe siempre,

Ariel.


Carlos Levisman, el padre de Ariel, estaba postrado hacía más de dos años en una cama tras contraer botulismo. Según cuentan, habría ingerido un último palmito que quedaba en una lata vieja y olvidada en la heladera. La enfermedad le dejó graves secuelas. Apenas podía hablar. De todas formas se las ingenió para dictarle una breve carta a su abogado dirigida a Ariel.

Buenos Aires, febrero de 1993

Querido hijo:

Aquí también hace mucho calor.

Tu padre


El Señor Levisman murió un día después electrocutado. Se sentía mucho mejor y se levantó en busca de un tentempié. Al parecer habría abierto la heladera descalzo. Una gran multitud de la comunidad lo despidió en su entierro.

Ya hacía cuatro años que Ariel estaba viviendo cómodamente con su mujer y sus dos hijos cuando se enteró de la muerte de su padre. La noticia lo conmocionó enormemente y decidió volver a Buenos Aires de inmediato.

Después de cuatro días en camello cruzando el desierto, dos días en tren y tres días viajando en un camión de trasporte de frutas llegó al aeropuerto. Ahí lo aguardaba hacía cinco días su mujer, que menos impulsiva había esperado a que llegue su padre para pedirle prestado el auto.
Ariel vuelve a Buenos Aires un jueves. Así lo dicen los registros del aeropuerto. Según una anotación, quizás demasiado poética, de un empleado de la torre de control del aeropuerto: era un día con cielo de nubes gordas y sol tímido.

La alegría de la madre de Ariel fue enorme. Desde su regreso él pasó mucho tiempo con ella, como queriendo recuperar todos aquellos años perdidos. Durante varios meses la familia vivió feliz. La esposa de Ariel estaba encantada descubriendo la vida occidental. Los nietos estaban felices con su abuela que no hacía otra cosa que consentirlos.

Intentando devolverle el equilibrio al universo, Ariel era un padre amoroso y responsable. Al menos eso cuentan. La directora del jardín de los niños recuerda haberlo visto sentado todos los días en el banco de la plaza esperando que salgan sus hijos.
“A veces leía, a veces simplemente se quedaba ahí, sentado, observando el juego de vida” nos dijo la portera que era más intelectual de lo que parecía.

Todo se desarrollaba hermosamente, pero nada se puede hacer contra eso que algunos llaman azar y otros Dios. Una mañana lluviosa un hombre perdió el control de su auto. La Señora Levisman llevaba a sus nietos a comprar esencia de vainilla para hacer buñuelos.

En el funeral Ariel no tuvo consuelo. Entre lágrimas, y sedado sólo pudo decir unas pocas palabras: uno se cree la persona que quiere, y es lo que puede.

Al otro día se sentó en el banco frente a la escuela. Y esperó inmóvil durante horas. Finalmente tomó coraje, volvió a su casa sin prisa. Tenía que decirle a los nenes que un auto había matado a la abuela mientras ellos estaban jugando con el perro del almacenero.

Debo admitir que, habiendo perdido yo a mi madre de una manera similar, me consterna enormemente este hecho. Pero lejos de convertirse en una traba para Ariel, parece darle nuevas energías para seguir adelante.

Un cura de una iglesia local nos confirma lo que siempre fue una sospecha. Por más extraño que suene, a partir de ese momento Ariel hace las paces con Dios. Una prueba irrefutable es esta carta archivada como “rareza” por la compañía eléctrica.

Buenos Aires, diciembre de 1996

Queridos amigos de la compañía de eléctrica:

Mi padre murió, que en paz descanse, electrocutado. Pero de todas formas no odio a la energía eléctrica, de hecho la encuentro altamente satisfactoria. Ilumina mi casa, lava mi ropa, conserva mis comidas y, por sobre todo, mueve mis ventiladores.

Debo confesar que me he convertido en un hombre de dios. Por lo tanto hoy soy religioso hasta para pagar mis facturas, incluida entre ellas las de su compañía. Entonces no entiendo por qué después de incontables llamados telefónicos y reclamos aún soy el único vecino de la cuadra sin luz.

Hace cuarenta grados a la sombra. Y el calor me hace acordar a aquellos tiempos en los que yo me frecuentaba con jóvenes que no dudarían en hacer explotar a quienes los incomodaran. Es por esto que quiero mis ventiladores funcionando, y si es posible, también el aire acondicionado.

Les repito, ahora soy un hombre de dios. Así que sólo les suplico una cosa: que se haga la luz.

Amistosamente,

Ariel Levisman.


Perdón si me apasiono con los pequeños detalles de la vida de este hombre. Es que sólo a partir de ellos podemos realmente reconstruir. Porque son aquellas pequeñas cosas un tema de Serrat, y lo único que nos hace como personas.

Después de tanto investigar, de sumergirme en lo más íntimo de la existencia de Ariel, pude entrever los hilos del destino. Qué no se mantienen inmóviles, claro. Sino que se retuercen y vibran como las cuerdas de una guitarra. Formando finalmente la melodía final que todos llamamos: vida.

“No sé si todos tenemos un destino, o flotamos libremente en el viento. Yo creo que es un poco de las dos cosas” Dijo Forest Gump, demostrando que a veces no hay que ser inteligente para entenderlo todo.

Llega un punto donde realmente poco importa si fuimos todos creados por un Dios vengativo y benevolente. O somos un virus, una plaga accidental, mutante, aleatoria, implacable. Destinada a invadir un organismo mucho mayor y fuera de nuestra comprensión llamado universo.

Nuestra misión personal dentro de este ir y venir de muerte y vida es pequeña. Insignificante. Sólo los hombres que se creen grandes logran serlo. Y puestos en contexto no dejan de ser mínimos.

Pero de vez en cuando surge una chispa de claridad. Alguien que descubre una verdad. Como cuando Newton, sólo con la observación, desnudó que los objetos son atraídos todos hacia el centro de la tierra. No se quedó ahí, no. Calculó esa fuerza, la explicó. Y la entendimos todos.

O como cuando Darwin y su camada comprendió la complejidad, hermosura, crueldad y perfección del juego de la vida. Ya el pájaro no fue simplemente un pájaro. La adaptación, la mutabilidad y la supervivencia lo dominaron todo.

Y si hay algo que caracterizó a Ariel Levisman fue su capacidad de adaptación. Después de la sorpresiva muerte de su madre se dedicó de lleno a sus hijos. Hay quienes dicen haberlo escuchado en alguna noche de copas despotricar contra el Tenis. Miraban un Master Series cuando se paró en una silla y gritó acalorado: esto es un embole. Debería haber paredes detrás de los jugadores, para que la pelota no se vaya y puedan volver a pegarle.

Salvo por estos pequeños arranques, estas explosiones aisladas, la creatividad de Ariel parecía sólo enfocada en divertir a sus niños. Inventó varios juegos para ellos. Entre los que sen encuentran el Dadominó, una interesante combinación de, como lo dice el nombre, dados y dominó.

Siempre es difícil culminar un trabajo. Saber cuándo fue suficiente. Decidir qué sacar, qué dejar. Ya no me queda mucho por decir sobre Ariel. Llegamos a ese punto donde todo se conjuga en un solo hecho, en un segundo que lo cambiará todo para siempre.

La esposa de Ariel estaba golpeando la carne de las milanesas con un mazo de madera para hacerlas más tiernas. Afuera hacía un frío lógico de otoño. Los chicos jugaban en el patio con una pelota pulpo número 5. Ariel estaba sentado en living control remoto en mano.

¡A poner la mesa!- Gritó la mamá desde la cocina. Los chicos entraron entusiasmados. Es que para alentarlos a hacer las tareas domésticas les pagaban cincuenta centavos por trabajo. Poner la mesa, hacer la cama, lavar los platos. Todo lo hacían encantados pensando en juguetes y golosinas.

Ariel estaba sentado frente a la tele mientras sus hijos pasaron corriendo por detrás entre risotadas. Daban un documental de la segunda guerra en History Channel.

- ¡Chicos! - Los llamó con un grito.
- ¿Qué pasa, papá? Preguntaron casi al unísono.
- ¿Ven eso que está en la tele?
- Sí.
- Bueno, ese juego está mal. En realidad debería haber un solo equipo y…

Y así fue como inventó la paz.


Foto: María Eugenia Diaz Heer

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