El segundo viaje.

Dos veces el otro lado me dejó entrar. La primera fue cuando tenía diez años. Mi mamá me mandó a comprar agua mineral y cuando abrí la puerta corrediza del living crucé un minuto. La segunda fue hace algunos meses nomás. Iba caminando a devolver dos películas al video.
Bajé del ascensor prendiendo un pucho y encontré mucha gente en la planta baja. Supuse que estaban esperando para ver algún departamento en alquiler. No tenían el clasificados de Clarín en la mano y eso me hizo dudar. Un segundo después me parecieron inofensivos y me tranquilicé. La novia de alguien me miró un segundo y rápido se concentró en su celular. Terminé de encender el cigarrillo y salí.
Casi llegando al video me acordé que necesitaba pasar por el cajero. Así que seguí caminando hasta el banco. Pero cuando llegué, simplemente no pude parar. Mantuve mi marcha por Arcos concentrándome en los sonidos que me rodeaban. Sin razón alguna me lancé sobre los pequeños ruiditos a mi alrededor.
Un señora avanzaba con pasos pesados y una bolsa en dirección contraria. Alguien pisó una baldosa floja. Un carrito de bebé chirriaba más adelante. Reduje mi velocidad para que no se escaparan los detalles. En ese momento descubrí que si fijaba la vista en el centro sin enfocar nada en particular, los sonidos se hacían más nítidos y reconocibles.
Cuando mermó la importancia que le daba a lo que veía, la audición amplió su sensibilidad. Por momentos perdí el control y se me escapaba la concentración. Pero cuando me dejaba llevar era hermoso. Luché para desenfocar todo y darle importancia sólo a lo que sentía con los oídos.
La pastilla de frenos de una camioneta hizo un ruido muy agudo y largo. Supe que era una camioneta porque su motor paró muy pesado y vibraba tosco. Un viento bajó de algún lado y movió un grupo árboles. Dos cables pegaron muchas veces contra la pared de un edificio.
Dos mujeres pasaron hablando, una de ellas mentía. En la vereda de enfrente un repartidor a domicilio de Disco arrastraba apurado la mercadería. El subte pasó sumergido en Cabildo. Arriba iban los colectivos llenos de gente. Un mujer con tacos escuchaba música electrónica en los auriculares.
En mi departamento había dejado el inodoro chorreando agua. El río estaba cerca y un avión le volaba por encima. Ciudad Universitaria, los bosques, los lagos. El estadio de River. La General Paz cuando se cruza con Panamericana. Y después el tanque de gas de Constituyentes. Una madre joven le decía a su nene: Si explota nos morimos todos.
El timbre de salida del Emilio Mitre de San Martín, mi primer secundaria. Dos nenes jugaban en la plaza que está frente al colegio, la placita Kennedy. Uno se llamaba Julián, el otro Juan Manuel. El setenta y ocho paró en la esquina, se abrió la puerta y bajaron dos hermanas viejas.
A unas cuadras de ahí estaba la Plaza San Martín. Un montón de palomas picoteaban migas cerca de la fuente apagada. La municipalidad estaba repleta de gente y escaleras. Un empleado municipal barría la vereda con la hoja de una palmera mientras de la estación salía un tren con dirección José León Suárez.
En el club San Andrés se jugaban tres partidos de tenis y dos nenas correteaban por los pasillos. Las chicharras cantaban más fuerte ese día. Ahí estaba yo abriendo la puerta del living de mi casa yendo a comprar agua mineral.
- Yo ya viví esto.- Le dije a mi mamá. - Ahora voy a ir a comprar agua mineral y no va a haber más botellas de plástico. Sólo le quedan las de vidrio.- Cerré despacio la puerta de entrada. Llevaba monedas y billetes en la mano. El canto de las chicharras era apabullante de verdad. Viento no había. Autos tampoco. En el almacén estaba sólo la dueña acomodando unas cajas.
- ¿Qué te doy?- Preguntó rápido. -¿Agua mineral tenés?- Le dije yo con miedo. -De plástico no me quedan más- Respondió. - Sólo me quedan las de vidrio. Y de un manotazo agitó un cajón lleno de botellas.
Cuando volví tenía las películas bien apretadas bajo el brazo derecho. Las manos me traspiraban un poco. En un primer instante me costó ver, pero rápidamente todo recobró nitidez. Di media vuelta. Estaba a unos pocos metros del banco.
Foto: Rebeca.

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