11.6.06

Te espero en mi fiestita.


El otro día me quedé sin ropa limpia. En una esquina de mi departamento se acumulaba un pila hedionda de tonalidades grises con algunas partes de azul y amarillo pálido. Cuando me deprimo no puedo hacer nada. Ni siquiera meter un par de pantalones en el lavarropas o vaciar los ceniceros.

Ya no tenía cigarrillos, era hora de salir a la calle. Revolví el placard y encontré una remera que no uso nunca porque me queda chica. Me la puse y no estaba tan mal. Marcaba un poco de más la grasa que se me acumula indebidamente en la parte baja de la espalda. Pero después de todo, eran sólo dos cuadras.

Seguí buscando un poco más y descubrí un pantalón azul que hacía años que no me ponía. Lo miré con desconfianza, era demasiado grande. Vestigios de un época de excesos gastronómicos. Quedó colgando de los huesos de la cadera a punto de caerse. Lo acomodé un poco para que no se me viera el culo, ropa interior ya no me quedaba.

La imagen en el espejo fue mucho menos grotesca de lo que creía. Ajusté un poco los pelos para que no se note que me queda poco. Me puse desodorante y ya estaba listo para buscar provisiones de tabaco, Coca Cola y alguna que otra porquería. Moví con un poco de asco la pila de ropa buscando las ojotas. Ahí estaban. Agarré las llaves, los lentes oscuros y salí al pasillo. Noté que el aire en el departamento era turbia.

El ascensor estaba en mi piso. Nunca tengo esa suerte. Entre el cuarto y el segundo me saqué un punto negro de la frente. Lo pegué debidamente en el marco del espejo ampliando la colección. Llegando ya a la planta baja me di cuenta de lo horrible que estaba. Mucha barba, ojeras de y una remera que me hace más gordo.

Cuando me veo así de mal fantaseo con un cambio rotundo. Imagino muchos meses de gimnasio, un corte de pelo ideal, cremas que le devuelven la juventud a la piel y muchas sesiones de terapia productivas, horas de meditación, yoga y un amor incondicional que le da sentido a todo.

El día estaba lindo. Un poco de sol pero no tanto, viento fresquito y una calma hasta sospechosa. Era una de esas tardes exiliadas del tiempo. Demasiado fresca para el verano, demasiado templada para el invierno. Muy viva para ser otoño, y raramente tranquila para la primavera.

Caminé por Vuelta de Obligado, doblé por Arredondo y antes de llegar a Cabildo me di cuenta de que no había agarrado plata. Metí las manos en bolsillos y encontré un pequeño cartón doblado en dos. Tenía el dibujo de un oso sonriente deshojando una margarita grande. Atrás lo acompañaba una abeja juguetona.

Giré sobre mis talones en busca de efectivo mientras abría la tarjetita. En el interior había más abejas juguetonas que volaban en torno a una invitación: Te espero en mi fiestita el 16 de Mayo a las 16:00 hs. (mi cumpleaños). Debajo estaba escrito mi nombre con la letra de mi mamá: Ariel.

Cuando llegué a la puerta del edificio el portero me estaba esperando. Abrió la puerta con un gran ademán, se me acercó al oído con una tremenda sonrisa amarilla y me dijo, casi como en secreto: ya llegaron todos.

Traté de arreglarme un poco en el ascensor. Usé el otro lado de la remera para limpiarme la porquería de los dientes. Comprobé, haciendo una cuevita con las manos, que mi aliento era terrible. El punto negro que me había sacado, ahora era un bulto rojo y visible en la frente.

Ya desde el quinto piso se escuchaba la música. Sonaba un tema de Serrat: “…amo los mundos sutiles, ingrávidos y sensibles como pompas de jabón…”. Claramente una elección de mamá. Era fanática.

No tuve valor para abrir la puerta, así que toqué timbre. Inmediatamente abrió Mariana, mi ex novia. Estaba hermosa, vestida con una musculosa rosa bien ajustada y una pollera blanca. Me dio un abrazo largo y un beso inesperado en la boca. Agarró mi mano con fuerza y me introdujo en mi cumpleaños.

En el living, que ahora parecía mucho más grande, había dos enormes tablas sostenidas por caballetes. En ellas se disponían palitos, papitas, chizitos, sanguchitos de miga y botellas de gaseosas de dos litros y medio. Todos los invitados sostenían vasos descartables blancos y platos de cartón con el motivo del oso feliz.

Mi papá se sentaba en la cabecera junto a Silvina, su esposa. Mis hermanos jugaban a la PlayStation. Todas mis otras ex novias miraban fotos mías de cuando era chico. Mi actual psicólogo discutía con los tres anteriores y con una versión de él más joven. Mi abuela María ofrecía salchichas empaladas en escarbadientes. Algunos antiguos amigos hacían jueguito con una pelota de goma y otros se fumaban un porro cerca de la ventana. Una chica con la que salí hace poco cogía con alguien en mi cuarto y dos compañeras de la secundaria tomaban merca en el baño.

Estaba tratando de reconocer a todos cuando se apagaron las luces. La música cambió repentinamente por un feliz cumpleaños. Todos aplaudían y cantaban mientras mi mamá salía iluminada por veintiséis velas de la cocina. La torta era un castillo medieval asediado por catapultas. Las velas estaban clavadas como banderas en la punta de las torres.

Pedí un solo deseo tres veces para darle más fuerza. Soplé como si nunca hubiese fumado en mi vida y apagué todo de un único intento. Fui hasta mi vieja y le di un abrazo para siempre. Intentando demostrarle todo lo que me quedé con ganas alguna vez. Le apreté el hombro con una mano a mi papá y dije para todos: me voy a bañar, ya vengo.

Media hora después estaba impecable. Afeitado al ras, perfumado, con la uñas cortas, los dientes limpios y el aliento fresco. Salí del baño con una toalla rodeando la cintura y un hisopo hurgándome la oreja. Pero ya se habían ido todos. Sólo quedaba Arminda, la chica que limpia en casa, y se estaba yendo. - Ya está todo- Me dijo. Le di veinte pesos y desapareció.

El departamento estaba impecable y desierto. La ropa limpia llenaba el placard una vez más. Me puse los pantalones que más me gustan, la remera que mejor me queda y las mismas ojotas de siempre. Agarré veinte pesos, las gafas, las llaves y me fui al kiosco. Todavía necesitaba ese cigarrillo.


Foto: María Eugenia Diaz Heer

1 comentario:

Buscando el norte dijo...

Qué lindo es pasar por tu blog. Hacía mucho que no entraba, pero siempre encuentro algo que me gusta.
Besos.
Mariana.