Claras señales de humo.

Uno.
Hace cuatro años, más o menos, estaba sentado con mi amigo Leo en una esquina. Para ser más precisos en la intersección de Córdoba y Lavalle. No hacía mucho que había empezado a fumar. Apenas unos meses. Estábamos sentados haciendo tiempo y nos dieron ganas de fumar un cigarrillo. Yo tenía un atado de Camel diez casi lleno. Pero ninguno de los dos tenía fuego. Estuvimos a la expectativa un rato, viendo a quién le podíamos pedir. En eso pasa una señora caminando con un cigarrillo encendido en la mano. –Disculpe señora, ¿Nos da fuego?- Le dije. Pero la señora me mostró la brasa de su cigarrillo estirando la mano y dijo que no con la cabeza mientras se iba.
Dos.
Hace dos años estaba sentado en la esquina de Córdoba y Lavalle. Haciendo tiempo. Esperando a Leo. Había dejado de fumar por unos meses y estaba volviendo. Me dieron ganas de fumar un cigarrillo. Tenía un Marlboro Box de 20 casi vacío. No me hacía falta fuego esta vez. Lo prendí deseoso, di una pitada larga y solté el humo intentado hacer argollitas. Antes hacía eso. Qué gilada. Además no salen bien al aire libre.
Cuando estaba dando la segunda pitada pasó caminando un hombre de unos sesenta años. Me miró fijo, señaló el cigarrillo y me dijo que no con la cabeza. Después se señaló la garganta. Tenía uno de esos tubos para hablar por la tráquea.
Foto: María Eugenia Diaz Heer

No hay comentarios.:
Publicar un comentario