10.6.06

Brasil.


La última lancha rápida ya había salido. Eran las once y media. La noche era cálida y pesada como son todas las noches en esa parte de Brasil. Los chicos que trabajaban en el muelle ya se iban. El agua del río tenía un poco de olor a podrido, pero soportable.
Personajes un poco atemorizantes llevaban, cargaban y descargaban bártulos. La única lancha que quedaba salía a las doce. Y era lo que ellos llaman: lancha lenta. Una especie de bote precario con un motor humeante y tripulación dudosa.
A medida que pasaban los minutos dejé de aferrarme a mi mochila. Es que hasta ese momento el viaje había sido estresante. Perdimos el ferry que va directo de Salvador a la isla. Entonces tuvimos que hacer combinaciones con todo tipo de medio de transportes. Por tierra y por agua.
Esta era la última escala, lo único que quedaba. Después soñaba con conseguir una linda posada, bañarme y tirarme en la cama. Por alguna razón me gusta dormir en Brasil. Y me gusta despertarme y saltar descalzo de la cama a comer fruta sin escalas.
Subimos tambaleantes a la lancha. Dejé la mochila en el lugar más seguro posible. Pero el pibe que acomodaba las cosas se encargó de dejarla lo más cerca que se pudo de un abismo seguro al agua. Leo apoyó la suya en el suelo y muy inteligentemente la utilizó en forma de respaldo.
El motor hacía ruido, pero era rítmico y soportable. Avanzábamos muy lento por el río que se iba haciendo cada vez más limpio. Éramos unas siete personas pero apenas nos veíamos las caras. No había luna y no había luces en la lancha.
Me fui relajando, dejándome llevar. Ya todo me importaba mucho menos. Muy a lo lejos se veía una pequeña luz. Era nuestro destino. Quedaba una hora más de viaje. Apoyé la cabeza en una parante y sentí la vibración del motor. Era arrullador de alguna forma.
Estiré primero las piernas y después me fui tirando de a poco, hasta que en un momento quedé acostado. Acomodé un salvavidas debajo de la cabeza y por primera vez observé.
El cielo era negro de verdad. Y las estrellas eran más que nunca. La lancha avanzaba estática sobre el agua. Empezó a oler a mar. Ahora sí estaba en Brasil.

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