10.6.06

Pero me acuerdo.


Ya no me acuerdo mucho la cara de mi mamá. Así que la historia que les voy a contar quizás carezca de certeras descripciones físicas. Lo que sí les puedo decir es que tenía toda la pinta de ser mamá.
Eran los finales de los ochenta. No me cuesta imaginarla con un corte de la época. Medio batido y con algunos reflejos rubios. Ella tenía el pelo castaño claro y generalmente lo llevaba largo, pero no tanto.
No siempre fue así, en unas fotos viejas tenía el pelo largo, súper lacio. Por supuesto que también llevaba un vestido floreado y una medalla con el símbolo de la paz haciendo juego.
Mis viejos fueron hippies. O algo así. Jóvenes izquierdosos de los setenta. Pero supongo que no tan involucrados como para tener problemas. No sé por qué nunca hablé mucho de su juventud con ellos.
Se separaron cuando yo tenía cuatro años. Llantos, peleas y traumas en el medio. Yo me quedé viviendo en la casa de mi abuela con mi mamá. Mi papá se mudó al centro.
Durante toda mi infancia nunca abundó el dinero. Éramos más bien pobres. Mi mamá trabajaba todo el día como secretaria. Mi abuela sólo tenía su jubilación. Y mi viejo, según mamá, no pasaba un mango. Gran tema de discusión.
Yo conocía los regalos sólo en navidad y mi cumpleaños. Si deseaba algo tenía que juntar la plata moneda por moneda. Y rara vez lo lograba. No tenía bicicleta, robots parlantes o los muñecos del amo del universo.
Con el paso del tiempo, esfuerzo y un poco de suerte, las cosas se acomodaron un poco. Poco, pero lo suficiente como para tener televisión color, vacaciones y gaseosa fuera de los cumpleaños.
Un día llegué a casa del colegio. Cansado, con el guardapolvo en mano, como siempre. Mi abuela estaba cocinando milanesas. Y había mucho olor, porque ella le ponía a todo un poco de ajo.
No era dieciséis de mayo, ni Navidad o el día del niño. Pero mi mamá me esperaba con una caja. Envuelta en papel de regalo. Grande, imponente. De esas que ningún niño puede resistir abrir.
Era un helicóptero azul que yo quería, pero nunca había dicho nada. Sólo lo había mirado con ganas en una vidriera cuando ella me llevaba a la escuela.

-¿Por qué?- Le pregunté.
-Porque sí- Me dijo ella.

Y no puede hacer otra cosa que llorar. Ya no me acuerdo mucho la cara de mi mamá. Pero me acuerdo cosas como estas.

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