La vida y la salchicha.
Llega un momento en la vida en que uno reflexiona profundamente llegando a una única e irrebatible conclusión: Tengo hambre, voy a hervir unas salchichas para hacerme unos panchos. Pero ahí es cuando nos damos cuenta de que no tenemos más pan de pancho en la heladera y la existencia se despliega en toda su miserable crueldad. Es aquí donde nada importa ya y somos invadidos por una furia sin igual que nos colma y carcome por dentro. Lo más triste es que ya pusimos las salchichas en el agua cuya vida fue sacrificada en vano.
Ya nada podemos hacer más que sumirnos en una triste resignación. Ahora la opción única es comerlas al plato. Pero todo empeora cuando notamos que la mayonesa lleva meses en la heladera. Su fecha de vencimiento es por mucho atemorizante. Un color amarillento y una textura excesivamente viscosa lo confirman. Eso no se puede comer. Ahora sí todo se derrumba en pedazos grandes y pesados. Estamos fritos. Somos presas del eterno inconformismo y esclavos de la más retunda desidia. Pero no importa, tenemos algo de buen faso, unos Marlboro y una película mediocre para ver. Todo solucionado. Después de todo la comida no es tan importante. Lo que no sabemos es que lo peor está aún por llegar. No hay fuego en toda la casa. El último fósforo fue utilizado para las salchichas. Tenemos el cadáver inútil de un encendedor rosa. Y la hornalla ya fue apagada. Pero luego recordamos el salvador piloto del calefón que arde inmutable como la llama de las olimpíadas. Estamos salvados. Somos felices pitando un Marlboro y preparándonos para la peli cuando caemos otra vez en el desastre. No hay nada para tomar. Buscamos desesperados algún sobrecito de Tang. No soportamos la miserabilidad del agua sola. Y no hay nada. No hay nada que hacerle. Debemos rendirnos al destino. Es hora de ir al Kiosco.

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