Diario de una cotorra.

Últimamente estoy bajando a desayunar al café que está en frente a edificio. Es una esquina linda. La cuadra es linda. Como Vuelta de Obligado se corta con un colegio, pasan muy pocos autos. Y está lleno de árboles de hojas grandes con cotorras y palomas.
Hoy bajé alrededor de las once. No hace tanto calor como los últimos días. Está fresquito y corre viento de vez en cuando. Desde la mesa en la que estoy sentado se escucha el saxo del profesor de música que vive en el segundo piso de mi edificio.
Iba a traer la computadora. Me imaginaba con mi Apple sentado afuera tomando un café. Una imagen muy Manhattan. Pero después me dio vergüenza y miedo. Así que terminé trayendo un cuaderno chiquito con tapas motivo indígena. Y una birome negra que gira para convertirse en roja y en lápiz mecánico. Un artefacto verdaderamente ingenioso.
Entonces acá estoy inclinado sobre los reglones sin copy, paste o save. Creo que es la primera vez en mi vida que escribo algo a mano. En general esquivo hacerlo porque odio mi letra que es fea como la de un nene. La de un nene con letra fea.
Voy a extrañar la cuadra cuando me mude. Ya me imagino recordándola con nostalgia. Cuando vivía con Mary casi no desayunaba acá. En realidad no desayunaba. Me la pasaba trabajando en la agencia. No supe disfrutar del todo a esa mujer hermosa, tierna, sensible y creativa que había accedido a amarme. Difícil que esto vuelva a pasar pronto.
Ahora estoy viviendo con Leo. Tuvo un problema con su vivienda y se está quedando en casa. Es divertido. Jugamos todas las noches a la Play. Leo me hace reír mucho. Creo que es el que más me hace reír en este mundo. Y esta es una de las tantas razones que lo hacen una persona indispensable.
Pero no se dejen engañar, también tiene su lado negativo. El otro día salía del baño a la mañana, miré por la puerta del cuarto mientras iba a la cocina y ví a Leo durmiendo entre sábanas color rosa. Tengan en cuenta que hay sólo una cama de dos plazas. Inmediatamente pensé: tengo que cambiar las sábanas.
Más feliz hubiese sido cambiar a Leo por una morocha tetona. Pero eso es más difícil. Y mucho más ahora que tengo un diente menos. Mi puente Maryland (como la milanesa) se cayó. Dejando mi sonrisa carente de paleta. Una paleta de arriba. Tengo soberano agujero por donde se escapa el aire y la seriedad.
Los de la mesa de al lado le acaban de preguntar la hora a una señora de andar decrépito. Son las doce y cuarto. Hace ya bastante que estoy acá. Si la notebook era muy Ney York, el cuadernito es bastante París. Si no fuera por las baldosas amarillas cuadriculadas de la vereda, y el tacho de basura que dice: gobBsAs, tranquilamente podría ser Europa.
Es el tercer pucho que prendo y hace rato que murió el café. Parece ser que esto de escribir en cuaderno te pone íntimo y cotidiano. Por eso deben ser así todos los diarios íntimos. Pero ellos tienen candado, lo que los habilita como bóveda donde depositar amores imposibles y odios injustificados.
Quizás debería empezar una especie de diario mío. Como Ana Frank. O como Celeste, la hermana de un antiguo amigo. Podría publicarlo en un Blog y después hacer la película. Se llamaría: me intimó a hacer un diario.
Es tonto como a veces me gustan los juegos de palabras. Antes hacía chistes de estos. Pero los fui censurando por considerarlos poco valiosos. Los de la mesa de al lado hablan con un chileno que apareció de repente. Mientras, el profesor de saxo sigue tocando y la vieja que les dio la hora viene en dirección contraria con el mismo andar decrépito. Señal de que es hora de irme.
Acabo de pedir la cuenta con el ademán de la birome en la mano. Pero por primera vez en mi vida tengo birome en la mano.
Cuatro con cuarenta. Le di un billete de diez medio roto. Se fue a buscar cambio. La moza es una rubia de ojos celestes fea. Acá me trae el vuelto. Yo le sonreí con un diente menos. Le dejo las monedas. El billete de cinco está más roto que el de diez que le di. Ahora me tomo la soda que viene en vaso chiquito. Ya no tiene gas. Hoy tengo que ir a La Plata.
Las cotorras están como locas en los árboles. Pero no puedo ver ni una. Busco, busco y no las encuentro. Me da la sensación de que el pibe que se encarga del sonido ambiente de la película de mi vida se equivocó de archivo. Y puso: día de verano fresco, gris, un poco triste, con vientito y ruido de cotorras. Pero cotorras, no había.

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