15.10.08

Sistema locomotor.

A la idea hay que tenerla antes de empezar. No se puede ir por ahí improvisando un plan maestro que termine por unir todos los hilos en un solo tejido de astucia intuitiva. Está bien priorizar lo espontáneo pero yo soy partidario de un par de rieles bien clavados marcando el camino. Y los durmientes pasan zumbando mientras la formación neuronal avanza en dirección premeditada. Los maquinistas alimentan como locos la caldera y la línea de humo se ve a kilómetros de distancia. Los bandidos esperan pañuelo en cara y revolver en mano. Atan una dama a las vías, la dama grita mitad amordazada, mitad excitada. ¡Oh, no! Chirrido infinito de metales y la carga está seriamente en peligro. Tiroteos de corta distancia y enseguida un muerto y después dos. Ambos bandos están perdiendo. La dama se libera y el último hombre vivo pone el tren nuevamente en marcha y muere. Los vagones descontrolados atraviesan más de mil campos y descarrilan en un desvío en el medio de la nada. La carga se desparrama en un campo recién arado sembrando peligrosas ideas extranjeras. Años más tarde, cuando ya todos habían olvidado el episodio del tren a la deriva, brotaron dos árboles achaparrados. Todavía nadie ha comido de sus frutos, pero si alguna vez alguien llegara a hacerlo, entendería que todo lo que intentan venderle como la verdad no es más que un invento entre tantos otros inventos.

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