29.5.07

El primer aplauso.

Clap, clap, clap. Imagino a una tribu aplaudiendo a cazadores que retornan sanos y salvos con suculentas presas. ¿De dónde vienen los aplausos? ¿Quién los inventó? ¿Quién fue el primer hombre en aplaudir?
Eran las tres y cincuenta y uno de la tarde de un sábado soleado. Gurk, así le decían sus veinte mujeres, estaba sentado en una piedra observando lo que él creía el lugar más bello del mundo. Debemos aclarar que el mundo de Gurk se limitaba a cincuenta kilómetros cuadrados ubicados en algún lugar del norte de África.
Desde su roca, Gurk observaba sus amplios dominios y la vida era buena: hacía cinco años ya que había asesinado a Murk, su padre y antiguo jefe, y tomado el poder de la tribu. Las mujeres lo respetaban y accedían a sus desenfrenados impulsos sexuales, tres de ellas ya llevaban a sus futuros asesinos en el vientre, pero él no lo sabía. Le quedaban aún unos cuántos años para disfrutar la supremacía. Rondaba en ese entonces los veintisiete y hacía apenas tres días había descubierto el amor en su media hermana Girrt mientras tomaba agua del río.
Pero hoy no hablamos del amor, hoy hablamos de los aplausos. Hoy hablamos de esa sombra que se estiró frente a los ojos de Gurk, desplegando un árbol sin hojas, era otoño, la imagen fue hermosa, las ramas recorrían el suelo liso creando un dibujo nítido, perfecto. Gurk observaba encantado, pero no era nada que no hubiese visto antes. De pronto se escuchó un aleteo, giró velozmente la cabeza y vio dos pájaros revoloteando uno contra otro. De inmediato asumió que estaban haciendo lo que él hacía con sus hermanas, medias hermanas, primas y su madre. Sonrió encantado y la excitación se fue apoderando de su cuerpo.
Los pájaros seguían volando de acá para allá y Gurk estaba feliz, sacudía los brazos a carcajadas y reía por primera vez la historia, pero hoy no hablamos de la risa, hoy hablamos de los aplausos. Entonces reía y gritaba loco de alegría mientras las aves se entrelazaban en pleno vuelo, perdiendo plumas a puro graznido.
Eran las tres y cincuenta y uno de la tarde y las sombras estaban tremendas en esa época del año. Un árbol se erguía frente a Gurk imprimiendo su sombra en la tierra y los dos pájaros chocaron de lleno contra el tronco. Una mala maniobra, selección natural, quién sabe, pero esos pájaros cayeron redondos contra el suelo, no sufrieron y no se dañó ningún animal en la realización de este texto.
Gurk saltaba, se retorcía, daba vueltas y mascaba una planta que le había enseñado su padre. Al principio no pudo verlo, pero después se dio cuenta: los pájaros habían caído sobre la sombra del árbol y mágicamente se posaron en sus ramas proyectadas, creando la ilusión de que aún estaban vivos y erectos. El engaño era perfecto y Gurk no pudo soportarlo, empezó a los gritos y antes de darse cuenta estaba chocando una palma contra la otra, sus brazos de cazador impulsaban ambas manos kamikazes hacia un punto medio donde se producía ese alentador sonido de festejo. Clap, clap, clap.

➲ El mundo de los mundos.

2 comentarios:

kamida dijo...

Excelente!!!!!

Anónimo dijo...

muuuy buenooOO!