La primera Natalia.

Ahora la recuerdo hermosa. Usaba el pelo casi corto y tenía una nariz mínima. Ojos marrones rasgados, labios interesantes y las paletas separadas por un hermoso milímetro.
Era una de esas personas que siempre sonríen. Medía alrededor de un metro sesenta. Tenía tetas adolescentes, bien turgentes y atrevidas.
No me gustaba la voz, era demasiado grave para una chica tan flaca. Igual me enamoré. Ir al colegio tenía sentido sólo para verla un rato. Se sentaba en el cantero del patio con dos amigas y fumaba a escondidas. Yo la miraba de lejos entre timbre y timbre con toda mi pubertad a cuestas. Se llamaba Natalia. Ya no me acuerdo el apellido.
Esa condenada tarde usaba un perfume dulzón de prostíbulo. Caminamos de la mano muchas cuadras por el barrio. Era verano. Un día como hoy. De sol y viento fresco. A cada paso, a cada segundo le quise dar un beso. Pero no me animé. No me animé y hasta el día de hoy la sigo escribiendo.

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