Bang Bang.

Javier entró intentado hacer el menor ruido posible. No había nadie para escucharlo pero igual le pareció necesario. Entró en el cuarto sigiloso, usando lo patines de tela que había puesto la abuela para no marcar el piso de madera. Abrió los cajones de la mesita de luz con miedo de lo que podía encontrar dentro, pero no había nada interesante. Se tiró en el piso para mirar debajo de la cama. Tampoco había nada. Fue hasta el placard y revisó entre la ropa. Nada. Ahora estaba apurado, en cualquier momento estaban por llegar. Sólo le quedaba revisar en esas puertitas altas que estaban arriba del placard. Trajo una silla de la cocina arrastrándola con mucho cuidado. La colocó contra el placard y poniéndose muy en puntitas de pie abrió las puertas. Había mucho olor a viejo. Se estiró un poco más y llegó a meter la mano. Ahí estaba. Se dio cuenta por el frío. Sacó el arma con cuidado y la miró atónito. Era una treinta y ocho de su abuelo. Solía ser guardia de seguridad de los subtes. Ahora estaba muerto. La guardaban siempre descargada, pero las balas estaban ahí mismo en una cajita acrílica, todas acomodadas plomo arriba.
Escuchó ruido de llaves, estaban entrando, tenía menos de treinta segundos para dejar todo como antes. Y lo hizo, sin que nadie se de cuenta.

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