El monstruo, como ya nos había advertido, éramos nosotros mismos. El miedo, cosa que nadie nos había dicho, no era más que una idea del monstruo. Nosotros mismos, como ya sabíamos, éramos un reflejo interno. El reflejo interno, nunca visto, era el alimento del monstruo. Y todo eso uno lo notaba sólo con hurgarse el ombligo.
3.9.07
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario